+
Accede a tu cuenta

 

O accede con tus datos de Usuario El Periódico Extremadura:

Recordarme

Puedes recuperar tu contraseña o registrarte

 
 
 
   
 
 

NUEVA SOCIEDAD, NUEVA POLÍTICA

El juego del gallina

 

El juego del gallina -

Si han visto «Rebelde sin causa» (Nicholas Ray, 1955), recordarán la escena en que el protagonista, Jim Stark (James Dean) y un joven rival, Buzz Gunderson (Corey Allen), se retan a una carrera de coches hasta el borde de un acantilado, que ganará quien se tire en marcha más tarde. Gunderson a Jim: ««El primero que salte será el gallina». Es una variante del «juego del gallina» clásico, en que los dos vehículos conducen el uno contra el otro: el gallina es el que cambia la trayectoria antes, para evitar el choque.

Esta lucha de poder pertenece a la «teoría de juegos», tal como fue formulada por John von Neumann y Oskar Morgenstern. La teoría se aplicó primero a las matemáticas y a la economía, y fue a raíz del largo conflicto entre EEUU y la URSS cuando comenzó a extenderse a la política. De hecho, la Guerra Fría tiene también componentes del «juego del gallina», una de las características de las que se burló magistralmente Stanley Kubrick en «¿Teléfono rojo? ¡Volamos hacia Moscú!» (1963), donde la incapacidad de ambos bandos para frenar un mecanismo que ellos mismos crearon termina irremediablemente en el apocalipsis nuclear.

El «juego del gallina», aplicado a la política, consiste en el enfrentamiento entre dos actores a cuenta de una cuestión en la que nada hay que ganar, pero donde el orgullo de ambas partes les lleva a asumir el riesgo de una colisión fatal, para uno de los dos, o para los dos. La particularidad de la política frente a las carreras de coches es que no hay solo un muerto (Buzz, en la película, que engancha la cazadora a la manilla de la puerta y no puede saltar), sino miles, como en el filme de Kubrick.

Es imposible no ver «El juego del gallina» perfectamente reflejado en el diseño institucional que se ha hecho, primero de la desescalada tras el confinamiento y después de la «nueva normalidad». Todos los representantes políticos saben que las decisiones tomadas supondrán más muertos que el confinamiento, y no se trata de evitarlos, sino de que quede bien claro el responsable. El Gobierno y muchas CC.AA. (por suerte, no todas), han decidido participar en este perverso juego en que nadie quiere decretar otro estado de alarma u otro confinamiento, por ver si es el otro quien lo hace y asume las posibles consecuencias políticas.

Todo lo sucedido en torno a la Comunidad de Madrid durante los últimos días se ajusta perfectamente al guión del «juego del gallina» y, si no, leamos esta información de «El País» (Carlos E. Cué, Juan José Mateo y José Marcos, 18/09/20): «Después de una enorme tensión, el acuerdo parece cercano ahora que se ha llegado a una situación crítica. Durante todo el fin de semana, el equipo de Ayuso y el de Pedro Sánchez trabajarán para negociar un plan de acción conjunto que cerrarán en su cita del lunes. Iván Redondo y Miguel Ángel Rodríguez, los gurús de ambos políticos, sus personas de máxima confianza, ya están en contacto para buscar esa salida pactada».

Si hay salida pactada es porque primero ha habido enfrentamiento, y si hay situación crítica es porque el enfrentamiento la ha provocado. La negociación es la salida política menos lesiva para ambas partes en «el juego del gallina», es decir, intentar saltar del coche a la vez para que nadie pierda ni gane. Lo que pasa es que solo entre el 10 y el 17 de septiembre hubo 144 muertes notificadas en Madrid con positivo de coronavirus, la mayoría evitables.

Todo esto, más allá de llevar al juicio concreto que cada persona quiera hacer sobre los responsables políticos en juego, debe hacernos comprender que nuestro sistema institucional es fallido. El Estado de las Autonomías se ha convertido en un modelo confederal (no federal) de facto, donde Estado y CC.AA. se miran de tú a tú como entidades independientes y mantienen una constante lucha bilateral de poder. Esa lucha de poder, que lo acaba siendo entre intereses personales y organizacionales, tiene consecuencias letales para el bien común y para el desarrollo del país. Ojalá esta crisis sirva para que la ciudadanía entienda que hay que parar cuanto antes esta inercia terrible.

Antes de comenzar su mortal carrera, Buzz le dice a Jim que en realidad cree que es un gran muchacho, y Jim le pregunta: «¿Y por qué hacemos esto?». Buzz, responde: «Algo tenemos que hacer, ¿no crees?».

*Licenciado en CC de la Información