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Carta al director

A Leopolda López Fernández

 

Ricardo López Mateos

Cáceres
01/06/2019

El día 27 de mayo falleció Leopolda López Fernández, o Leo, como la nombrábamos todos. Probablemente la mayoría de los lectores no la conozcan y si introducen su nombre en Google no encontrarán nada.

Yo tuvo la suerte de ser su nieto y poder aprender con ella, sobre todo de su sabiduría vital, forjada en el transcurso de los años. Fue una mujer recia, luchadora y comprometida. Allá donde estuvo se convirtió en una institución por su capacidad de sacrificio y compromiso.

De esta manera la recordamos sus familiares, sus amigos o sus compañeros de trabajo de la Universidad de Extremadura. Sin embargo, su nombre algún día caerá en el olvido.

Murió con amor, pero sin gloria. En este mundo nuevo en el que millones de personas a diarios comparten sus vidas ficticias a través de redes sociales, alcanzan la fama a través de la provocación vacía y trascienden por el simple hecho de escribir tuits exaltados, muchas veces sin sentido, no estoy seguro si existe un lugar para las personas de verdad.

Esa era mi abuela, pura honestidad. Su forma de ser, entregada, en ocasiones rabiosa, pero siempre vital, fue un ejemplo para todos los que la acompañamos.

Dentro de 100 años nuestros nietos y bisnietos podrán conocer las mentiras de todos aquellos que publicitamos nuestras mentiras en Facebook o Instagram, pero estos héroes y heroínas de lo cotidiano se perderán en el tiempo, sin dejar rastro. Por eso, escribo estas líneas.

Para que, si en un futuro alguien teclea en internet el nombre de mi abuela, pueda leer al menos esta despedida y sepa que en este país hubo una generación que se enfrentó a la adversidad, al hambre, a la guerra...

Con su entrega y dedicación construyeron un lugar mejor, en el que pudimos crecer, prosperar e incluso crear nuestros castillos de arena de mentira, en los que muchas veces vivimos.

Sus nombres fueron silenciados por el devenir, la fama nunca llegó para ellos y su legado reside en el corazón de los que los conocimos.

Abuela, gracias por haberme enseñado que la verdad importa. Te agradezco que me mostraras las cosas que importan de verdad. Aunque en este universo globalizado de gygabytes, parece que lo líquido es lo que permanece, tú fuiste sólida y tu huella de una u otra manera pervivirá.

Como tú siempre me decías, cuando te hablaba de dificultades en la vida o el trabajo, nunca pidas a otro que haga algo que tú mismo no eres capaz de hacer.

En definitiva, gracias por ser auténtica.