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Café filosófico

¿Libertad? ¿Qué libertad?

Todo parece apuntar a que acabaremos por prescindir «libremente» de nuestras libertades

 

¿Libertad? ¿Qué libertad? -

Víctor Bermúdez Víctor Bermúdez
22/04/2020

Uno de los efectos más anunciados de la crisis del coronavirus es el del fortalecimiento del modelo hobbesiano de Estado; esto es, de aquel que, en nombre de la seguridad, encuentra legítimo prescindir de derechos y libertades individuales. Así, con el pretexto de una situación de emergencia fácilmente perpetuable (en la que el enemigo orwelliano es ahora un virus recurrente y el valor inapelable el de la salud pública –tan sacrosanto como antaño la salvación de las almas o el sacrificio por la patria–), al ya exhaustivo registro digital de datos, hábitos y opiniones, se unirían la censura informativa, los límites a la libertad de expresión o la vigilancia electrónica de todos nuestros movimientos.

Ahora bien, aunque una sustanciosa cantidad de filósofos y politólogos (Agamben, Gray, Han...) coinciden con la visión que acabo de exponer, no todos inciden en el elemento capital de esta modulación totalitaria del Estado: el consentimiento a la misma por parte de la ciudadanía. La nimia explicación que suele darse a este hecho es que la gente antepone las pasiones a la razón: el deseo de seguridad y pertenencia al principio racional de autonomía individual en que parecen fundarse nuestros modernos modelos éticos y políticos.

Pero esta explicación, digo, es insuficiente. No solo porque en ella se asuma una suerte de psicologismo falso (la gente no actúa directamente por emociones o deseos, sino por el valor de objetividad que atribuye a las creencias que los determinan), sino también porque tiende a confundir dos concepciones distintas de lo que sea la «autonomía individual».

Veamos. Desde una perspectiva moderna, y para la mayoría de la gente, ser autónomo o libre no significa –como para ciertos filósofos– «poder establecer de forma racional criterios propios de decisión», sino más bien –en la línea de otros, más liberales– «poder hacer lo que se desee sin encontrar demasiados obstáculos –externos o internos– a dicha realización». Hay una gigantesca diferencia entre una concepción y otra. Según la primera, para ser libre o autónomo se requiere acceso ilimitado al conocimiento, reflexión, diálogo sin censura y espíritu crítico (amén de condiciones materiales); según la segunda, para «ser libre» no se necesita más que una capacidad creciente de generar recursos y nuevos deseos. Según la primera concepción, el valor de cosas tales como la seguridad, la salud o el sentido de pertenencia se subordinan a criterios morales y racionales; según la segunda, la seguridad, la salud o un determinado marco cultural, representan condiciones fácticas para la «libre» circulación y realización de los deseos.

Ahora: ¿es un Estado «hobbesiano» incompatible con esta segunda concepción –liberal y emotivista– de «libertad» que mantiene hoy la mayoría? En absoluto. En buena lógica (la suya), la gente tiende a adscribirse a regímenes fuertes y controladores en la medida en que cree que estos pueden garantizar mejor aquellas condiciones (seguridad, recursos, posibilidades de consumo) que entienden necesarias y suficientes para «ser libres». Si, además, tales regímenes proporcionan la dosis de folklore precisa para abonar el sentimiento de pertenencia, las posibilidades de encontrar resistencia son casi nulas. China o algunos estados autoritarios del mundo árabe son ejemplos típicos y extremos de todo esto.

Sería tentador concluir con el tópico de que esta comprensión superficial y liberal de la libertad podría remediarse con una educación más ilustrada, pero esto también es falso. La «autonomía de la razón» moderna –fundamento de la educación republicana y laica– se rige por los mismos motivos que el Estado hobbesiano: la anteposición de la seguridad (la precisión limitada de la ciencia) y el bienestar (la técnica) al diálogo libre y racional (incierto, peligroso, apátrida) en torno a valores (es decir: la filosofía), que es tachado arbitrariamente de arbitrario (subjetivo, imposible, teológico) y eliminado del horizonte cultural y educativo. Todo parece apuntar, pues, a que acabaremos por prescindir «libremente» de nuestras libertades. Y tal vez, incluso, a ser más felices así. ¿O no se trataba de eso?

*Profesor de Filosofía.