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Espectráculo

Lorca sin fin

 

Mario Martín Gijón Mario Martín Gijón
15/06/2019

Este pasado jueves se presentó en Cáceres, en la Biblioteca del Estado Rodríguez Moñino, Donde meriendan muerte los borrachos. Lecturas de Poeta en Nueva York, de José Antonio Llera (Badajoz, 1971), libro publicado por la Editora Regional de Extremadura.

No es fácil ser a la vez juez y parte, poeta y crítico, pero en el caso de Llera, sin duda su vertiente lírica le ha dotado de una sensibilidad especial para sus lecturas lorquianas, que continúan la senda de su libro Lorca en Nueva York: Una poética del grito (2013).

El libro se articula en cuatro capítulos que, a partir de poemas concretos, despliegan las confluencias biográficas y artísticas que cristalizaron en la palabra del genio granadino. En el primero, «Amor color del olvido», se aborda el poema «Amantes asesinados por una perdiz», considerado uno de los más enigmáticos de Lorca, y que refleja en clave su desesperación por la ruptura con el escultor Emilio Aladrén, que lo abandonó por la estadounidense Eleanor Dove, a la vez que canta al «amor oscuro», la homosexualidad castigada. Aladrén, que esculpiera la cabeza de su amante Lorca, se situó en la guerra en el bando de sus asesinos, y realizó el busto de José Antonio Primo de Rivera.

En el segundo capítulo, Llera analiza la influencia de dos pensadores bastante dispares sobre la obra lorquiana: por un lado, Schopenhauer y su idea de la voluntad como fuerza que mueve a todos los seres; por otra, el socialismo humanista de Fernando de los Ríos, amigo y acompañante de Lorca en su viaje a Nueva York, y que oponía una religiosidad interior a la ostentación y poder político de la Iglesia católica. En su «Grito hacia Roma», Lorca denuncia los pactos entre el Vaticano y Mussolini, cómo el Papa «da la sangre del cordero al pico idiota del faisán». Pero Lorca era más radical que su maestro De los Ríos y, frente al reformismo socialdemócrata de este, aspiraba, como dice Llera, a una revolucionaria «refundación de lo humano» basada en la Naturaleza.

En el tercer capítulo, «Lorca en Harlem», se trata de cómo, si en España eran los gitanos los que, por su vivir aparentemente más libre y natural, suscitaran la simpatía de Lorca, en Nueva York serán los negros, en un momento en que coexistía el «Renacimiento de Harlem», gran movimiento cultural (literario, artístico, musical) afroamericano, con la segregación racial en el sur, que llegaba a su máxima crueldad en los linchamientos de negros (unos 5.000 ejecutados sin juicio en menos de un siglo). El poema «Norma y paraíso de los negros» iba a llamarse originalmente «Negro quemado», habría llevado una fotografía de un cadáver carbonizado y partía del impacto sufrido por Lorca al conocer esos bárbaros crímenes.

Finalmente, en «Formas del duelo», se parte de «Iglesia abandonada (Balada de la gran guerra)» para mostrar la cercanía de Lorca con el expresionismo de los pintores alemanes marcados por la Gran Guerra, como Otto Dix o Max Beckmann, con quienes le unía un rechazo a las justificaciones religiosas o patrióticas de los muertos en la guerra.

El libro de Llera, escrito en una prosa excelente, nos convoca a volver sobre la obra de Lorca que, como la vida de su autor, quedó truncada, inacabada e inacabable. Nunca sabremos cómo la sensibilidad del granadino hubiera reflejado los horrores de la guerra civil española, los campos de exterminio o la amenaza atómica. Se equivocan quienes creen que su asesinato por los fascistas («le metí dos tiros en el culo, por maricón», presumía uno de sus verdugos) agrandó su obra. No hay poeta español más internacional, desde Estados Unidos, donde Jonathan Mayhew acaba de publicar un completo libro sobre su recepción, a China, donde precisamente una estudiante de Llera está realizando su tesis doctoral sobre su influencia.