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LUIS PLA

 

LUIS PLA -

M. MARTINEZ MEDIEROM. MARTINEZ MEDIERO 21/11/2002

Escritor

Las ciudades tienen ciudadanos irrepetibles, y lamento no tener ese conocimiento profundo de Cáceres, que también los tendrá, y los que yo quiero, resultaría elogiarlos mucho, como venta de encantos.

No es el caso de Luis Plá, viejo industrial de la plaza, viviente y sobreviviente de Badajoz y ahora de una delicada intervención quirúrgica, que nos lo apartó de la vista algunas semanas y, recompuesto, vuelve a la carga sobre la ciudad que ama, pese a que a los 11 años le quitaron a su padre y a su tío las hordas capitalistas, que a las otras las llaman bolcheviques, que es término de sacristía y de beata cabreada. La ciudad tuvo, con anterioridad, varios amantes, y yo destacaría a uno que liaba ideales con una mirada en la catedral y la otra hacia la torre del Apéndiz, y era Julio Cienfuegos, algo más joven que Canilleros, que era también un buen sable y habría que detenerse en él como en Sánchez Loro...

Luis Plá es una especie de amante también raro de su ciudad, que de ser trasladado, sería como si llegaran unos pontoneros y desviaran el cauce del Guadiana, algo improbable y absurdo. Luis es un hombre que respira profundo y necesita siempre un prólogo para comenzar a explicarte, lo que le trae en vilo, y a veces se acompaña de otro registrador de Badajoz, que es Manuel Fernández Melero, como su segunda lectura, de todo lo que concierne a Badajoz. De Luis Plá todo es comedido y jamás habla de nada de lo que no está informado. Es decir, que cuando opina es porque lo sabe. Es como un oráculo de Badajoz lleno de santa infancia, con una educación irreprochable, y es de oírle la veneración con que menta a sus antepasados, o ese deje de niño estupendo, con sus tíos siempre en los labios, o con su madre, que es una a todos los efectos, como aquellas criadas, dos, las que fueron a casa de tío Luis a pedir unas sábanas para envolver los cadáveres que estaban en las traseras de Correos; todo esto sin perder los estribos, como tiene que hacer un hombre ya curtido y civilizado, que habla y se detiene para tomar aire, como si lo suyo fuera ir por la tarde a la Cámara de los Lores.

Hijos predilectos habrá muchos, hijos de los otros también, pero tan predilecto como éste, pocos, en una ciudad que se quiere también poco a sí misma.