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cruzando fronteras

Un luto blanco

 

El silencio y la nieve cubren los campos de Saufar, en las montañas del Líbano, donde «el viento cubierto de campanas» asola la vida y «los rostros de las madres y los cautivos. Verteré fuentes de miel. Escribiré sobre árboles.Rosas o muchachos. Aléjate, desgracia, mis ojos son dos héroes heridos. Desde hoy no habrá versos». Sobre sus párpados de escarcha tampoco hay consuelo. Los abrazos se vencieron, olvidados para siempre, sorprendidos en la rigidez de la ausencia eterna. Las manos, crispadas buscando a quién asir. Los labios, rotos, petrificados en un beso extinto. Devorado. Muerto. Como la luz que habitaba en el regazo de las madres sirias. Huérfanas de sus hijos. Aullando, junto a los lobos, en el valle de la Bekaa.

Buscan escapar rodeando el puesto fronterizo de Masnaa, utilizando las joyas que fueron pasando de madre a hija, como salvoconducto. Avanzan despacio con la piel y los pasos en carne viva. Al caer la tormenta de repente están solos. Les han abandonado. La ventisca, afilada con esquirlas de hielo, ruge bandeándolos y no se escuchan sus gritos de miedo. No hay camino, ni refugio. Borrados. Tropiezan aterrorizados por los barrancos y se quedan inmóviles. Ciegos, porque todo lo nubla la nieve, pálida como un cadáver, vestida con su luto de oriente, para acoger su muerte.

A la bella Líbano con sus almendros y olivos, con valles fértiles creados para el amor, como cantara Muhammad Al Magut, la disfrazan de sepultura. Ya lo hicieron con el Mediterráneo de Homero y Kavafis. Encrespado de invierno y de rabia, escupiendo en cada ola los restos del cementerio. Pero inmunes a los naufragios, cruzan, para llegar a Ítaca; mares, montañas, fronteras levantadas, sin saber que la indiferencia será el único abrigo que les prestarán para pasar el invierno.

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