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A la intemperie

Su Majestad El Rey, enfermo

Tirando de hemeroteca… encontramos todas estas noticias

 

Su Majestad El Rey, enfermo -

Fernando Valbuena Fernando Valbuena
14/03/2020

«Yo comenzaría esta información de hoy con un estornudo, pero están ustedes tan lejos de mí que antes de que me hagan el santo exorcismo del Jesús, María y José, seguramente, habría perecido. Y digo esto porque vamos a contarles cómo es la enfermedad de moda que, en forma de brutal epidemia, se ha metido en las casas de Madrid, y que, por haber entrado en todas, absolutamente en todas, hemos dado en llamar el soldado de Nápoles. Cancioncita que también se encuentra, a estas horas, ya en forma de rollos de pianola, ya en la de discos de gramófono, ya en la de cocineras cantatrices, en todos los pisos de todas las casas de la villa y corte.» Me limito a cortar y pegar de El Adelanto salmantino del 28 de mayo de 1918. Pudiera yo haber comenzado de otro modo, pero me he rendido a la hemeroteca. Al fin y a la postre todo está en los libros (y en las hemerotecas). Todo se repite con pasmantes paralelismos. Es lo que va de El soldado de Nápoles a la horrísona pachanga que hoy nos aturde. El maestro Serrano estrenaba el primero de marzo de 1918, en el Teatro de la Zarzuela, El soldado de Nápoles. Para San Isidro, todos enfermos. O casi todos. Majos, chulapos y petimetres. Es lo que va de la verbena de las Vistillas a la manifestación del ocho de marzo.

Pandemias de gripe, llámense como se llamen, fueran lo que fueran a los ojos del microscopio, las hay cada cierto tiempo. A la gripe de 1847 siguió la gripe rusa de 1889. En solo cuatro meses el virus del 89 le dio la vuelta al globo sin usar avión alguno. Ayer, como hoy, en España los primeros en fuga fueron los parlamentarios; según leo en La Correspondencia del 22 de diciembre de 1888, se cierra el Congreso «por falta de diputados». En mismo día, el mismo diario, avisaba: «De algunos teatros, se dice que tendrán que cerrar sus puertas, porque ni hay artistas disponibles ni público que acuda a verlos». La enfermedad atacó con especial crudeza a médicos y alumnos de la Beneficencia Provincial, el servicio de correos hubo de suspenderse, también el de tranvías y, según La Época del 6 de enero de 1890, fue menester fijar un «turno de sacerdotes encargado de auxiliar a los señores párrocos en la penosísima tarea de administrar los Santos Sacramentos a los enfermos de la epidemia reinante». «Dícese que en los últimos 15 días han muerto en Madrid más de 500 personas víctimas de pulmonía. Es cada vez mayor y más visible la desanimación (sic) en calles y paseos, en los centros sociales y políticos» (El Imparcial, 28 de diciembre de 1890).

Tres cuartos ocurrió entre 1918 y 1920. La mal llamada gripe española; todo porque en España, a salvo de censura de guerra, el diario El Sol informaba el 28 de mayo de 1918 de que su majestad Alfonso XIII había contraído la enfermedad. El trancazo. La gripe española. Española aunque se originó, probablemente, en Kansas. Pero no solo enfermó el rey,... más de la mitad de los humanos se infectó y los muertos se estiman entre veinte y cincuenta millones. Así que ya saben. Tomen nota. Y guarden cuarentena porque como vino se fue... y se irá. En 1920 desapareció entre hilarantes (hoy) anuncios de vagos remedios como la eucaliptina o el respirol que recomendaba el doctor Wagner. Cuestión de meses. Los supervivientes eran ya, en su mayoría, inmunes. Se fue como se fue la del 89: «puede decirse que la epidemia del trancazo ha desaparecido en Madrid», publicó La Época el 20 de enero de 1890. Y mientras esto escribo fumigan la escalera. Ayer se llevaron a la vecina del tercero. Una estudiante italiana que en el ascensor se me antojaba simpática (y sana).