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Desde el exilio

La meritocracia

Es una creencia facticia que deposita las responsabilidades del éxito o el fracaso en uno mismo

 

Azahara Palomeque Azahara Palomeque
15/04/2019

Estudia y llegarás lejos, que con trabajo y tesón todo se consigue», le dijo el padre a su hijo. Esta cita imaginaria resonará en la memoria de muchos como el relato que tal vez guió buena parte de su infancia. Es poderoso el consejo, casi mandato. Parece descansar en una suerte de sabiduría que proyecta quien lo ha puesto en práctica. Por otra parte, transmite la esperanza de una vida mejor para las generaciones venideras, haciendo que el dictamen se transforme casi en tradición. Más allá, la esperanza muta en agencia cuando el receptor se apropia de la frase: estudio y llegaré lejos, con trabajo y tesón todo lo consigo.

Estoy refiriéndome al mito de la meritocracia, fábula que aún permea las conciencias, creencia facticia que deposita las responsabilidades del éxito o el fracaso en uno mismo y que, sin embargo, se sostiene sobre datos verídicos: la época de bonanza económica que vivió el mundo occidentalizado a partir de las dos guerras mundiales y hasta los años ochenta, un período que, según el aclamado economista francés Thomas Piketty, constituyó, no la norma, sino más bien la excepción en los ciclos históricos. Piketty, quien demostró la desigualdad intrínseca al capitalismo en su libro El capital en el siglo XXI, califica dichas décadas de mero accidente y asegura que los niveles de desigualdad actual se están acercando a los de la etapa anterior. Así, no es raro encontrar ecos presentes en ficciones del pasado: Arturo Barea, en el primer tomo de su trilogía La forja de un rebelde, comenta irónico las desventuras propias y las ajenas en la España de su adolescencia. Refiriéndose a un empleado de banco que sabía inglés, afirma que este idioma le servía «para comprar revistas ilustradas en el quiosco», pero no necesariamente para lograr un ascenso. Un político actual quizá le respondería: «It’s very difficult todo esto».

La meritocracia ha calado en los cuerpos de clase media y baja como la única fórmula fiable para alcanzar una movilidad social que garantice mejores condiciones de vida. Su presencia es ubicua en todo tipo de debates, y a menudo se refuerza en tiempo de elecciones. Ocurre que, para atraer al votante de abajo, algunos se envuelven en una capa de méritos cuya ornamentación puede ser, sin embargo, prontamente cuestionada para desvelar otras causas de su posición social, como el origen familiar. Si se sigue tirando del hilo, los pomposos másteres mutarán en fraudulentas prácticas universitarias, los posgrados realizados en universidades americanas –véase Pablo Casado– en mediocres cursillos de tres días en Aravaca, la ostentosa capa en unos cuantos harapos.

El daño que esto causa en quien abrazó el mito e insiste en exhibir un manto labrado a base de sudores, el curriculum impecable que debería componer los cimientos de una cierta estabilidad, la defensa de lo individual –mis títulos, mis logros– porque la red de servicios sociales se está resquebrajando, no tiene parangón en la lista de humillaciones posibles. Se podría argumentar que es incluso más hiriente a nivel psicológico que la pobreza decimonónica, porque si al desarrapado de aquella época no se pudo prometer una escalada social entonces inexistente, a la precariedad del contemporáneo se opone una lógica del progreso que ha estado vigente hasta hace poco y se asumió como ley natural.

ASÍ, una camina con sus victorias académicas bajo el brazo llamando a todas las puertas de los lugares de que se cree merecedora y no se abren; uno alterna contratos a tiempo parcial con épocas de barbecho mientras amasa la culpa que conlleva preguntar qué hizo mal en el proceso; una emigra y obtiene los aclamados posgrados en universidades yanquis que actúan como lo harían las antiguas pesetas en la zona euro: producto de la arqueología, sólo sirven para mostrar los fósiles de una era que se rige por otras normas.

Cuenta Barea cómo, después de trabajar un año como «meritorio» –lo equivalente a becario hoy en día–, le ofrecieron un contrato miserable que apenas cubría los gastos de la bombilla que instaló en la buhardilla donde vivía con su familia. Ese término obsoleto tal vez revele más que posteriores acepciones; quizá sea oportuno filtrar los mitos de hoy por las biografías antepasadas; posiblemente, valga la pena actualizar los consejos: «no estudies, que con herencia e influencia todo se consigue» –le dijo el padre a su hijo.