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Espectráculo

México sumiso e insumiso

 

Mario Martín Gijón Mario Martín Gijón
13/01/2018

Hace poco se clausuró la Feria Internacional del Libro en la Guadalajara de México, la segunda más importante del mundo.

Su última edición tuvo como invitados a los escritores madrileños, aunque también fueron algunos cacereños, como la poeta Ada Salas o el historiador Juan Andrade. Para cualquier cacereño, México está presente en sus calles (Cuauhtémoc, Caupolicán, Isabel de Moctezuma) y en las estatuas de Cortés y Nezahualcoyotl, aunque para la mayoría sean «el caballo» y «el indio», respectivamente.

Para cualquier español, México ofrece una doble impresión de lo conocido y lo diferente, con un pasado complejísimo y una literatura brillante. Con 128 millones de habitantes, es el centro demográfico y probablemente acabará siendo el centro cultural del mundo hispano.

Este año se celebrarán elecciones, en medio de un descontento popular que no reflejan nuestros medios. Al fin y al cabo, España es, tras EEUU, el primer país inversor en México. Como decía una amiga mexicana, es cierto que la cosa «va bien» para los negocios: «Tú puedes montar una empresa y hacerte rico explotando a miles de mexicanos».

Hay el México sumiso, empezando por la clase política que encabeza el presidente Enrique Peña Nieto, que rompe relaciones con Corea del Norte para congraciarse con un Trump que llama «ladrones y violadores» al pueblo mexicano. «Una bola de culeros», según Flavio Barbosa, editor independiente, especializado en movimientos políticos (los zapatistas, el Kurdistán), pero que también ha reeditado Profunda retaguardia, la «novela de Cuernavaca» del exiliado español José Herrera Petere, con prólogo del crítico Mario Casasús.

El PRI, encenagado hasta las cejas en la corrupción, practica una política que enamora a las multinacionales, por ejemplo abriendo el sector petrolífero, que nacionalizó Lázaro Cárdenas en 1938, a las compañías privadas, dejando que Uber arruine a los taxistas y, en general, dejando que avance la precarización de la mayoría a cambio del enriquecimiento de los afines.

Por eso no extraña que las encuestas den una leve ventaja a Andrés Manuel López Obrador, con su Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA), a pesar de los previsibles amaños (compra masiva de votos incluida) que ya impidieron su victoria en 2006.

El México insumiso, que no siempre ha sabido encauzar su descontento por los cauces más constructivos, necesita un cambio que desmienta la idea de que solo el crimen puede salvar de la miseria a «los de abajo» de los que habló Mariano Azuela y cuya esforzada vida transmite David Arias Negrete en su emocionante novela Tempestad de flores. Ésos en cuyo nombre se hizo la Revolución de 1910 y que siguen estando abajo, mientras una élite criolla tirando a blanca se pega la vida padre, mirando más a su vecino del norte que a sus compatriotas, sin importarles que en quince años la pobreza se haya extendido, de una cuarta parte, a casi la mitad de la población.