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Jueves sociales

Contra el miedo

 

A veces, muy pocas, me descubro pensando como ellos, y aconsejo a mis hermanos y a mis amigos que cuiden de sus hijas, que acudan a buscarlas, que les digan que no salgan a correr solas o muy temprano o muy tarde, o que vayan acompañadas al servicio. Soy la misma persona que también les aconseja que les dejen estudiar lo que prefieran o trabajar en lo que les gusta, o vestir como deseen, o viajar al extranjero. Soy la misma pero la realidad me vuelve diferente y siento que traiciono la memoria de quienes me educaron.

En mi infancia muy pocas manos se levantaban junto a la mía cuando en clase preguntaban por las madres que trabajaban fuera de casa. Y muy pocos padres compartían tareas, y menos hermanos ayudaban. En mi casa las limpiezas generales hacían honor a su adjetivo y nunca, nunca, tuvimos las chicas un horario diferente, ni estudiamos carreras condicionadas.

Mi madre nos educó para un mundo que ella no pudo conocer, muy distinto de donde ella venía, un internado en el que las alumnas no podían ver su cuerpo (por eso se lavaban por partes) y lo normal era adquirir un barniz cultural para el matrimonio, pero no para la vida pública. A pesar de eso, fuimos educadas para trabajar al igual que mis hermanos, para casarnos solo si queríamos, y para seguir uno de los mejores consejos que puede dar una madre a su hija: hay que saber desenvolverse sola, y salir siempre con una llave propia de la casa compartida.

Por eso me revuelve y me indigna pensar como ellos, los que creen que seguimos sin ser iguales, que una mujer no debe trasnochar, ni vestir como prefiera ni salir sola ni viajar ni vivir de forma independiente y hacer deporte como y cuando quiera.

El miedo es un arma poderosa y hace que volvamos para atrás sin darnos cuenta, condicionados por las noticias que nos bombardean continuamente. Educar en el miedo no librará a nuestras hijas de las manadas, ni de los quince minutos de turno vomitivo, ni de las vejaciones. Las víctimas no son responsables ni deben vivir atemorizadas.

La educación debe llegar a todos para que los chicos no se crean superiores a las mujeres ni con derecho a cosificarlas, pero también para que las niñas sepan que son iguales desde que nacen. De lo demás, de los ataques, las violaciones, los abusos y los asesinatos debe librarnos la justicia, no tratar de volver a los tiempos oscuros de mojigaterías y melindres que mi madre no quiso que conociéramos nunca.