+
Accede a tu cuenta

 

O accede con tus datos de Usuario El Periódico Extremadura:

Recordarme

Puedes recuperar tu contraseña o registrarte

 
 
   
 
 

Tribuna abierta

El mito de la inteligencia artificial

El autómata –salvo milagro– carecerá siempre de conciencia y subjetividad

 

El mito de la inteligencia artificial -

Víctor Bermúdez Víctor Bermúdez
13/02/2019

Como cada año, la Asociación de Filósofos Extremeños y el Centro de Profesores y Recursos celebran en Cáceres las Jornadas filosóficas ‘Paradoxa’. En esta ocasión, el tema que las inspira es el de la Inteligencia artificial, y a él acudirán expertos como Fernando Broncano, Remedios Zafra, Mariano L. Rodríguez o Jorge Riechmann.

La ‘Inteligencia artificial’ (A.I. en sus siglas en inglés) es aquella que cabría atribuir a una máquina capaz de realizar tareas cognitivas similares a las de una mente humana. En su versión más fuerte, la A.I. estima que las máquinas podrían no solo pensar como nosotros, sino también sentir, tomar decisiones y hasta poseer un asomo de conciencia. ¿Es esto posible? ¿Podremos generar autómatas idénticos –o incluso «superiores»– a los seres humanos?

Yo no me preocuparía demasiado. La verdad es que los proyectos en A.I. (fuerte) no han sido nunca muy fructíferos, ni es probable que lo lleguen a ser. La razón es que sus presupuestos filosóficos son fundamentalmente erróneos. El principal de ellos es creer que nuestra vida mental es reducible a (es lo mismo que) la actividad del cerebro. Es decir, que todo lo que pensamos, deseamos, sentimos… es «química». Y como la química no es más que una física compleja, explicable, en general, en términos matemáticos, bastaría con descifrar los mecanismos y logaritmos que están detrás de la química cerebral (y, por tanto, de los pensamientos, intenciones, etc.) para poder reproducirlos en un ordenador o autómata.

Pero todo esto es una suma de prejuicios más que discutibles. En primer lugar, los fenómenos mentales (las sensaciones, las emociones, las intenciones, los pensamientos) no se dejan reducir a actividad cerebral. Es cierto que cuando imagino, siento, deseo o pienso se activan zonas distintas del cerebro. Pero en ninguna de ellas es registrable nada de lo que «me pasa» por la mente. Ningún lugar de mi cerebro se torna rojo cuando imagino el color rojo, ni en él «aparece» la más mínima imagen, idea o dolor, de los que «yo» digo experimentar.

Más aún: en ninguna de mis millones de neuronas inconscientes está la conciencia desde la cual pienso y escribo ahora mismo todo esto. Tal vez podría surgir –como un milagro– de una suma o relación de inconsciencias. ¿Pero aún en ese caso, dónde estaría? En un cerebro físico no hay lugar para fantasmas; todo lo que ocurre en él ha de tener propiedades físicas. ¿Sería entonces la conciencia una entidad física u orgánica? Si así fuera, podríamos registrarla y describirla como hacemos con un evento físico. Pero no es así. No podemos. De hecho, ¿cómo o con qué podríamos describir «aquello» –la conciencia– desde lo cual lo describimos todo?

No hay, pues, cuidado. Por parecido que sean el sistema físico y computacional de un autómata y nuestro cerebro químico, el autómata –salvo milagro– carecerá siempre de conciencia y subjetividad. Tampoco experimentará colores, deseos o sentimientos. Ni siquiera podrá imitar la mayoría de los razonamientos y pensamientos humanos –el lógico K. Gödel ya demostró que no es posible reducir a algoritmo ni el más simple de los razonamientos aritméticos, ¿se imaginan intentarlo con una argumentación filosófica o un poema?–.

Pero hay algo más. Las personas no dejamos un momento de hacer apreciaciones o juicios. No solo al enjuiciar algo como bueno, justo o bello. También al pensar o decir cualquier cosa. Si afirmo que «son las siete», o que «estoy cansado», estoy juzgando mis afirmaciones como verdaderas. ¿Puede una máquina juzgar o valorar así lo que procesa? No. Ni una máquina, ni tampoco un cerebro. Ni el programador ni el neurólogo pueden determinar la verdad de un pensamiento o la bondad de una intención. A lo sumo, pueden describir lo que el cerebro (o la máquina que lo imita) hacen cuando el sujeto determina que algo es «bueno» o «verdadero». Pero sin sujeto no hay juicio o valor que valgan.

Sin fenomenología mental, sin conciencia, sin pensamiento no algorítmico, y sin capacidad de juicio, un autómata no podrá ser nunca más que un zombi sin alma. Aprovechen que ustedes la tienen y vénganse a las Jornadas ‘Paradoxa’ de Cáceres a discutir de todo esto.