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Espectráculo

Montánchez

 

Mario Martín Gijón Mario Martín Gijón
16/03/2019

El otro día, hablando con Caty, conserje de mi facultad, nos quejábamos de estos horarios infames por los cuales tenemos que dar clase un viernes a las 19.30, cuando en casi todas las facultades, el viernes no es lectivo, y los profesores, a esas horas, llevan ya seis horas de fin de semana. «Además», le decía yo, «lo peor es para los estudiantes, que muchos son de pueblo, y a esas horas ya no tienen autobús». «Son no, somos de pueblo», me corrigió Caty, y me recordó que ella es de Zarza de Montánchez, un pueblo de poco más de 500 habitantes. «Pero no queremos más», me aclaró, «y estamos muy bien así». Otra conserje, Petri, es de Madroñera. A partir del sábado a mediodía, Cáceres se vacía, y aunque haya algún bobo que aún se burla de los «puebleros», es desafortunado el cacereño de pura cepa sin arraigo en otro lado, condenado a quedarse entre los muros de una ciudad que, al contrario que en otra época, los fines de semana más bien ahuyenta que atrae.

Últimamente no para de hablarse, en tono lastimero, del despoblamiento rural. En realidad, será difícil que Zarza de Montánchez vuelva a tener más de 2.000 habitantes, como en 1950, o que la juventud decida quedarse en las cuatro calles de Herguijuela o Benquerencia. Aunque quisieran trabajar en el campo (y la mayoría no quiere), al contrario que antes, la agricultura y la ganadería, mecanizadas, no pueden ocupar sino a una minoría ínfima. Pero los pueblos, al menos, tendrían futuro como segunda residencia, si pudieran orbitar en torno a una ciudad más dinámica. Ahí está el problema, en que Cáceres no lo es y, de momento, tampoco pretende serlo. La alcaldesa gobierna para los cuatro hoteleros que viven del turismo de puente y fin de semana.

El sábado pasado estuve por Montánchez (la Zarza quedará para otro día). Montánchez, con su castillo, atalaya y centro geográfico de la región. Ese castillo gótico, que si estuviera en Escocia o en Baviera tendría a cientos de visitantes al día, haciendo cola y pagando por verlo, y que aquí tiene la soledad que lo torna más romántico. Montánchez, con sus refrescantes aires serranos y el mejor jamón del mundo (junto al de Monesterio). Con unos atardeceres deslumbrantes y el silencio salpicado por las campanadas y el canto del gallo. Con esas vistas que hacia el norte alcanzan hasta Cáceres, tan pequeña en lontananza, con un paisaje de dehesas que era el mismo que veían los vigías de esa fortaleza: primero los romanos, después los árabes y más tarde los caballeros de la Orden de Santiago. Qué bien se podría estar ahí, con un libro en la mano, tomando el sol y el aire y dejando luego el libro para perder la vista en esas lejanías de águilas.

¿Podría vivir en Montánchez? Pues a lo mejor sí, desde luego antes que en Montesol, La Mejostilla o El Junquillo: Cáceres, estancada, solo crece en su periferia, mientras que el corazón urbano se marchita. Así, ya la mayoría no vivirá ni en un pueblo ni en una ciudad, sino en lo peor: en urbanizaciones. Cáceres, reventada por obras inútiles a contrarreloj antes de que lleguen las elecciones. Cáceres, con conductores furiosos que pitan y se cuelan en las rotondas (tres accidentes he visto en lo que va de año, por suerte incruentos salvo para la chapa de los coches). Cáceres, donde en las tardes de sábado no se oyen los cantos del gallo, sino los gritos de quienes ven el fútbol en el bar.