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Editorial

No queremos que nos espíen

 

26/10/2013

Angela Merkel ha tenido que ser la víctima del último escándalo de espionaje protagonizado por la Agencia Nacional de Seguridad (NSA) de Estados Unidos para que desde la Comisión Europea llegase una reacción enérgica, al menos de palabra. Hasta este último episodio y pese a que las revelaciones anteriores ya describían una acción masiva de espionaje --particularmente en Francia--, Bruselas demostraba tibieza.

Solo la Eurocámara reclamó hace apenas tres días la inmediata suspensión del acuerdo con Estados Unidos por el que se permite a Washington acceder a los datos de las transacciones bancarias de ciudadanos europeos. La administración estadounidense se ha refugiado siempre en la lucha antiterrorista para justificar el espionaje masivo, pero que la jefa de Gobierno de un país más que amigo como es Merkel (o la brasileña Dilma Rousseff , o el mexicano Enrique Peña Nieto ) tenga su móvil vigilado por la NSA desmonta el pretexto. Sería candoroso pensar que solo EEUU espía a otros países, pero lo alarmante y totalmente condenable es el carácter masivo (son millones las interceptaciones diarias) de esta vigilancia, que afecta a ciudadanos rasos y a dirigentes de países amigos. Barack Obama debe dar las explicaciones satisfactorias que se ha negado a facilitar desde que estalló el escándalo y poner fin a esta intolerable intromisión en la intimidad. Y la UE debe plantarse de una vez ante Washington, porque a los ciudadanos europeos no nos gusta ser espiados ni que lo sean nuestros gobernantes.