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Nueva sociedad, nueva política

Nuevas aventuras

La ciudadanía está gritando, incluso sin saberlo, que quiere recuperar la esencia de lo humano

 

De todo lo que el ser humano puede hacer, lo único verdaderamente esencial, aquello que le diferencia de cualquier otro ser que conozcamos, es la capacidad de pensar. Pensar, además, conduce a esa maravilla —y tormento, a la vez— que son las emociones, y que complementan lo que es radicalmente inherente a nuestra especie: pensar y sentir.

Ha habido épocas de la historia de la humanidad en que las prioridades han sido otras. Al principio, y en otros muchos momentos posteriores, lo más importante fue sobrevivir. Ha habido también épocas para ampliar los horizontes del mundo, para descubrir países y continentes, para conquistar avances técnicos que nos han lanzado a elevados estadios evolutivos.

Pero las épocas que en realidad nos han hecho mejores y han logrado que seamos lo que ahora somos fueron las épocas en las que el ser humano se dedicó a pensar. La Grecia clásica y la Ilustración fundamentalmente francesa son los dos mejores ejemplos de esos momentos en que el ser humano ha sido capaz de superar las crisis, y ofrecer lo mejor de sí mismo para salir de ellas reforzado y lanzado hacia retos más ambiciosos.

El sistema económico capitalista cambió el mundo, haciendo que naciera una nueva era en la que todavía estamos inmersos y que, a la vista de todos, se encuentra en una crisis terminal propia de sistemas en decadencia que ya no son capaces de resolver los problemas del ser humano.

El marxismo contestó contundentemente a las limitaciones de un paradigma que ya en el siglo XIX produjo sus primeros monstruos, pero la brillantez del sistema filosófico que dio lugar al comunismo se vio palidecida por el fracaso de su praxis, víctima de la limitación humana por excelencia: el infinito y tóxico anhelo de poder.

A pesar de que el comunismo nunca ha triunfado como sistema, debemos agradecerle haber podido embridar el capitalismo salvaje durante más de un siglo a través de la socialdemocracia como evolución del socialismo originario. Sin embargo, el neoliberalismo impulsado desde finales del siglo XX ha conducido al capitalismo a la exacerbación de sus peores vicios, y ha laminado las posibilidades de la vieja izquierda de realizar un contrapeso real a su poder absoluto.

La encrucijada en la que estamos, por todo ello, no es política sino civilizatoria. No está en juego quién gana unas elecciones, o si cambian los sistemas políticos de unos u otros países. Tampoco está solo en juego la victoria de uno de los cuatro grandes bloques económicos actuales (EE.UU., Europa, China y Rusia). Lo que hay detrás de todo eso es una redefinición de los anhelos de la especie humana.

El neoliberalismo ha sustituido todas las aventuras del pensar y del sentir por las aventuras del placer y del hacer. Así, ha hecho que el «tener» ocupe el lugar del «ser». Y la especie humana, constitutivamente, no puede ser feliz sin «ser».

Nos han regalado tarjetas de crédito para que nos vayamos de viaje, para que nos compremos casas, para que adornemos nuestros cuerpos con brillantes joyas, mejores ropas y vistosos maquillajes, nos han impulsado a modelar nuestros músculos y nuestras pieles, a recubrir de placeres mundanos vidas vacías a crédito de bancos que tarde o temprano hacen que paguemos nuestras deudas.

El resultado es una sociedad en la que la aventura de inventar y de leer carece de prestigio frente a la de seducir o la de disfrazarse. Emocionarse vale menos que competir y pensar mucho menos que batir un récord del mundo de cualquier cosa. Lo mundano ha pasado a ser categoría y lo humano ha quedado como anécdota.

Lo que la ciudadanía está gritando, incluso sin saberlo, es que quiere recuperar la esencia de lo humano. La indignación extendida en todos los rincones del mundo es producto del dolor por el hurto de nuestra propia naturaleza. El neoliberalismo insiste en privilegiar la aventura del parecer frente a la del ser (pensar+sentir). Pero el cambio que quiere la gente de todo el planeta no se va a poder parar, porque todo lo importante se hace con pasión (Hegel dixit). La gente guarda escondido en lo más recóndito un irrefrenable deseo de «volver a ser». Y, en cada país a su manera, vamos a ir viendo las profundas transformaciones que provocará esta pasión humana por nuevas aventuras.