+
Accede a tu cuenta

 

O accede con tus datos de Usuario El Periódico Extremadura:

Recordarme

Puedes recuperar tu contraseña o registrarte

 
 
   
 
 

La responsabilidad social

Los nuevos retos de las empresas

 

Los nuevos retos de las empresas -

ANTONIO Argandoña (*)
06/07/2019

Las empresas tienen hoy retos muy diversos: tecnológicos, demográficos, ideológicos, políticos, culturales, medioambientales… Muchos son nuevos, porque el mundo cambia y, sobre todo, cambian las personas. Ahí tenemos la crisis financiera: lo que sucedió había sucedido muchas veces, pero una larga temporada de vacas gordas hizo olvidar los peligros, bajar la guardia, confiar demasiado… y se habían jubilado los que vivieron los años duros de la Transición, por mencionar otra crisis financiera, que fue muy dura en España. Y, claro, problemas viejos pero ignorados se convirtieron en retos nuevos.

Aquí quiero fijarme en algunos de esos retos, que hoy ocupan mucha atención en las redes sociales y en los medios: esos retos que identificamos con la responsabilidad social de las empresas, como la atención al medio ambiente y al cambio climático; la necesidad de tratar a las personas como eso, como personas; el derecho a la privacidad, que con las tecnologías digitales ha adquirido nueva relevancia; la responsabilidad por los que han colaborado en la fabricación de nuestros productos en fases remotas de la cadena de valor; las exigencias de seguridad en nuestros productos…

No son retos nuevos, pero están recibiendo nueva atención, porque ha cambiado nuestra manera de verlos. Hace años nos preocupaba el humo de la fábrica que ensuciaba las sábanas tendidas en el vecindario; ahora nos preocupa el impacto de la contaminación que se manifiesta a muchos kilómetros de distancia, porque ellos son también nosotros. Hace años nos molestaba tirar una colilla al suelo porque ensuciaba la calle; ahora nos preocupa tirar una botella de plástico en un contenedor de basura, porque puede acabar en el fondo del mar.

Hemos ganado mucho en sensibilidad. Quizás algún lector me diga que es un efecto del nivel de vida: cuando uno no sabe si comerá mañana, la limpieza de su barrio le preocupa poco; cuando tiene seguro un nivel de vida alto, le preocupan muchas cosas, que antes eran un lujo. También hay sensiblería, claro, pero me parece que es útil, porque nuestros sentimientos se activan cuando ven algo que perjudica a otros, y de la sensiblería se puede pasar a la sensibilidad y a la finura de conciencia.

Todo esto me venía a la memoria hace unos días, cuando me comunicaron que en el IESE, la escuela de dirección en que he trabajado durante muchos años, se va celebrar un congreso sobre Las empresas y su responsabilidad social. ¿Vale la pena volver a insistir en algo que ya tiene más de medio siglo de antigüedad?

¡Claro que sí! Cada época tiene sus problemas, y es bueno que escuchemos a los expertos que nos cuenten cuáles son esos retos, por qué son importantes, y cómo hemos de solucionarlos, porque --y esto es lo permanente-- esa es la responsabilidad social de las empresas. La Comisión Europea la definió, hace ya bastantes años, como «la responsabilidad de las empresas por sus impactos en la sociedad». Hay directivos que son capaces de levantar la mirada y preguntarse qué están haciendo bien y qué están haciendo mal, pero otros muchos necesitan que alguien se lo recuerde, a veces por medio de una denuncia; otras, mediante un tuit agresivo; en ocasiones con la queja de un cliente o la crítica de un empleado.

No he dicho que ese congreso se celebra al final de un año en que el IESE celebra el 60º aniversario de su creación. A menudo me acuerdo del primer encargo que me dieron en esa escuela, hace más de medio siglo, cuando me propusieron empezar a dar clases a directivos de alto nivel: no fue de economía, que era mi especialidad, sino de responsabilidad social de las empresas. Y aún me acuerdo de los casos que me encargaron: una empresa norteamericana que trabajaba en Filipinas para crear empleo en una zona deprimida; una multinacional farmacéutica que se planteaba si fabricar o no una vacuna contra la gripe, pese al consejo en contra de los investigadores, justificado por la alta probabilidad de que la gripe que vendría el próximo año no sería como las anteriores…

Aquellas sesiones me hicieron mucho bien, incluyendo un día en que, en medio de la discusión de un caso, todos se pusieron a intervenir de manera desordenada y en voz alta, hasta que uno dio unas palmadas, y dijo, refiriéndose a mí: «A ver si os calláis y dejáis hablar a este chico (¡), que tendrá cosas muy importantes que decirnos». En todo caso, volvamos a hablar de las responsabilidades de las empresas: en la industrialización de los años 30, en la crisis de los 80, en la recesión de los dos mil y en el futuro que se nos echa encima.

* Profesor del IESE