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Desde el exilio

Los panes y los peces

No se comprenden las preocupaciones y miedos de los ciudadanos hasta que se pisa la calle

 

Azahara Palomeque Azahara Palomeque
13/05/2019

Escucho las conversaciones de los otros. Camino por la calle observando, curiosa, los gestos, las palabras, los hábitos de la gente y contemplo todo con ojos que se maravillan ante los detalles más mínimos: un edificio construido íntegramente de ladrillos –sin rastro de madera–, un grafiti, el olor tan agradable y familiar que desprenden las fruterías. Llevo unos diez días en España y estoy recordando tanto la cotidianeidad que formaba parte de mi vida anterior, como los elementos que han cambiado en ella durante los meses, años, que llevo viviendo fuera. Si bien es cierto que no he dejado de leer los periódicos y de mantener contacto con la tierra de origen, no se comprende del todo la idiosincrasia de los ciudadanos, sus preocupaciones y miedos, hasta que no se pisa la calle por la que transitan, se dialoga y se presta atención, escuchando. Entre el batiburrillo de novedades e interacciones con amigos, noto un tema que se repite incesantemente, un campo semántico que va extendiendo sus tentáculos y se manifiesta en las bocas más diversas: me refiero a las oposiciones, de cualquier rama laboral, esos exámenes con los que uno se prepara para ser funcionario público y que parecen ser omnipresentes, al menos en el inconsciente colectivo de mis círculos, que son bastante amplios.

Opositar se encuentra en el recuerdo de varias amistades: consiguieron plaza recientemente, y ahora se preocupan por afianzar un destino fijo. Los traslados, la acumulación de puntos, la celebración de una nómina en condiciones e irrefutable pueblan charlas y con estos ingredientes se erigen planes de futuro. Quedarse en bolsa, esa expresión que apunta a una sala de espera indefinida donde, a lo lejos, se intuye una gran esperanza. Así lo expresaba una chica que ocupó un asiento próximo al mío en el autobús que nos conducía a Cáceres. En esta misma ciudad, unas horas más tarde, dos camareros de diferentes establecimientos confesaban que en sus ratos libres construían unidades didácticas, ensayaban para las temidas pruebas, lo que dotaba a su desempeño en el sector servicios de un carácter temporal y, por qué no decirlo, precario. Entre mis familiares más cercanos, de edad avanzada, el tema adquiere un tono ejemplarizante cuando explican cómo consiguieron sus actuales trabajos: yo podría hacer lo mismo, si quisiera –aseguran.

No es coincidencia que estos asuntos se debatan en dos de las comunidades autónomas más empobrecidas del país –Extremadura y Andalucía–, por las que me muevo, y que ocurra entre sectores educados, pero más allá de lo que se me ofrece a los ojos y me otorga la capacidad de ser testigo, engrosar la ya poblada masa de trabajadores pagados por el estado parece ser la única vía que asegure la supervivencia en este rincón de la Europa meridional al que regreso fiel cada año.

YA LO DIJO Galdós hace más de un siglo: en España los funcionarios se multiplican como los panes y los peces. Al otro lado del espectro, como la otra cara de la misma moneda, leo sobre la existencia de MierdaJobs, una cuenta de twitter administrada por la periodista Alejandra de la Fuente que recopila las ofertas de explotación laboral que, disfrazadas de oportunidades –para ganar experiencia, para aprender un oficio–, intentan atraer a los profesionales más variopintos a quienes se les paga con raquíticos sueldos, o bien con alojamiento y comida. Los contados casos en que los salarios parecen aproximarse a cantidades medianamente dignas pierden tal dignidad cuando se desvela lo que tienen de prostitución: realizar masajes eróticos o mantener relaciones sexuales con el patrón. Al contrario de lo que acontece en otros países, no existe una barrera educacional que proteja contra estos abusos, pero sí existe un trampolín formativo que garantiza el acceso a las sempiternas oposiciones: los panes y los peces.

Escucho las conversaciones de los otros, las mías y las que mantenemos juntos, y tomo nota a sabiendas de que la situación no es irrevocable: en la parte superior de la jerarquía hay quien se lucra con la miseria de tantos, y no es casual que sean ellos los que aboguen por la eliminación de los servicios públicos, lo que implicaría, además de la desaparición de estos derechos sociales –a la educación, a la sanidad–, la del empleo bien remunerado. Los panes y los peces no sólo se multiplican: también se comen.