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La paradoja del aceite

Sin aceite no habría almazaras. No digamos nada entonces de hoteles temáticos

 

La paradoja del aceite -

La fama del aceite de Extremadura sigue ganando enteros. Ni extraña ni se escapa de la lógica del mercado: es un alimento recomendado y recomendable y, en ciertas variables, se ha incorporado con energía al grupo de los denominados productos «gourmet». Mayor precio, mayor demanda; lo que los americanos llaman un «win-win», todos ganan, productor y cliente.

Imaginen por un momento que se desata una fiebre en torno al aceite, creando un culto como el que ya han vivido otros alimentos. Una moda. Ahora que es difícil decir que sólo sabes cocinar un huevo y los platos de pasta más básico sin recibir miradas inquisitoriales tipo jurado de chefs, no es tan complicado de visualizar. Que alrededor del aceite se generara una industria turística (como el enoturismo) y que el ya internacionalizado aceite extremeño fuera exigido cada vez más, aumentó casi diariamente su producción. Por ejemplo. Hasta que esta producción, por naturaleza finita, se empezara a resentir, incluso a desfallecer.

¿Dónde irían entonces todas las inversiones en torno a ese mercado? A incrementar la producción. En su caso, si fuera posible, incluso «sustituirla». Porque sin la materia prima o con escasez de ella, da igual lo que hagamos: no hay mercado. ¿Puede ser ese el mismo problema que acaben encontrando muchas de las empresas tecnológicas que han crecido exponencialmente en los últimos años? Evidentemente, aquí no hay una falta de materia prima (usuarios potenciales, ¡personas!) pero sí puede haber una «caducidad» de los mismos. Me explico.

Estás viviendo una etapa de consolidación de avances tecnológicos que van a «girar» la forma en que miramos el mundo. Nos hemos ido acostumbrando a nuevos avances de una forma imperceptible, de modo que en ocasiones perdemos perspectivas de los mismos. Incluso, en no pocas ocasiones son los usuarios son los que dan «lecciones» a las compañías del uso de sus propias herramientas. Pasó con los SMS (las telefónicas empezaron regalándolos porque pensaron que serían de baja demanda) o con el coste de las llamadas internacionales (la amplificación de las redes wifi las convierte de hecho en gratuitas: whatsapp, facetime, etc).

Pero este mismo cambio modificará la forma en que trabajamos. Y, sin sumarme al apocalipsis que muchos prevén, sí habrá un período largo de ajustes y trabajos que sencillamente se automatizarán. Con grandes bolsas de desempleo: ¿quién comprará los dispositivos? ¿quién accederá a los servicios ofertados? Mucha de las estrategias comerciales pasan por la obsolescencia programada (acortar la vida útil de los productos) pero podría ocurrir que nadie fuera acudiendo a nuevos dispositivos que solo mejoran estéticamente el anterior (miremos las ventas de Iphone este año…).

Por otro lado, las tecnológicas que son plataformas han vivido tradicionalmente de la publicidad. Después, dieron una vuelta de tuerca lógica: ajustar la publicidad visible a los gustos del usuario. Pero no todo puede funcionar con anuncios para siempre, hay un límite. También se está llegando a un punto de saturación.

Porque estas empresas no tienen «productos» (no quiero decir que no aporten valor, claro). De forma que su modelo de negocio no puede permitirse la pérdida de clientes. Imaginan que Facebook perdiera de golpe millones de usuarios activos, ¿cuál sería su valor real?

Las tecnológicas lo saben: por eso cada vez implementan estrategias éticas. Primero, localización en catástrofes o atentados. Ahora Facebook prueba con inteligencia artificial para prever posibles situaciones de suicidio. Seguro que hay detrás desarrolladores con buena voluntad, y desde luego es una estrategia reputacional excelente. Pero también una forma de no «perder clientes».

La tecnología de servicio (no hablo de avances médicos, por ejemplo) que sobrevivirá es la que nos permite saber más de nosotros, analizar lo que antes era más complicado. El avance «ético» no es estrategia sino supervivencia.

Porque sin aceite, no habría almazaras. No digamos nada entonces de hoteles temáticos.

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