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Tribuna abierta

Pedagogos que odian la pedagogía

En el debate sobre los modelos educativos surge a veces el docente anti-pedagogía

 

Pedagogos que odian la pedagogía -

Víctor Bermúdez Víctor Bermúdez
13/03/2019

Hace 40 años que en este país, y en otros de nuestro entorno, existe un apasionado debate entre partidarios de dos modelos distintos de educación, el de la «vieja» y el de la «nueva escuela», es decir: el de los que añoran la forma tradicional de enseñar y aprender, y el de los que apuestan por un cambio más radical en las ideas y las prácticas educativas.

Pero este debate, valioso como lo son todos, se convierte en una trifulca ajena a la pedagogía cuando se vulgariza e instrumentaliza políticamente. Qué le vamos a hacer: la educación es uno de esos asuntos en los que los partidos aún pueden escenificar cierta lucha ideológica (y rescatar del sopor a su electorado). De ahí, quizá, la sucesión de leyes educativas de uno y otro signo que viene padeciendo este país, y que dudo que nos permitiéramos en otros ámbitos (¿Se imaginan que cada cuatro años el partido de turno cambiara la ley hipotecaria o el simple Reglamento del Congreso? Pues con la educación no parece haber problemas…).

Pues bien, para avivar ese debate vulgar, y a menudo politizado, sobre los modelos educativos, surge, de vez en cuando, la voz indignada del «docente anti-pedagogía», algo –ya sé– tan extraño de concebir como el «médico anti-medicina» o el «camarero anti-hostelería», pero que se da con frecuencia en el mundo de la enseñanza. Se podría citar a muchos. Algunos afirman hablar, no desde la pedagogía –que desprecian–, sino desde la ciencia infusa que les proporciona su propia experiencia, y desde el «sentido común» (esa inexplicable fuente de autoridad que todo grupo se atribuye para justificar sus creencias). Y todos dicen cosas muy parecidas. Básicamente dos: (1) que la «nueva» educación –regida, según ellos, por ignorantes pedagogos– resta importancia a los contenidos, lo que hace que los alumnos aprendan cada vez menos; y (2) que en ella se sustituye la «cultura del esfuerzo y la excelencia» por la tendencia a priorizar el bienestar psíquico del estudiante, lo que da lugar a una «infantilización» de la escuela y a la formación de personas incapaces de afrontar la realidad.

¿Por qué todo esto me parece mero «populismo» y «pedagogía castiza»? En general, porque es un compendio de prejuicios y soluciones fáciles a asuntos que no lo son en absoluto. En particular, y en cuanto a los contenidos, porque es falso que la «nueva educación» les quite importancia. Lo que hace es concebirlos de manera más compleja (los contenidos educativos no solo consisten en información que hay que retener, sino también en innumerables habilidades que hay que desarrollar, o en formas de ser y convivir que, inevitablemente, se transmiten en la escuela). Y lo mismo que con los contenidos ocurre con las nociones de «aprendizaje» o «evaluación». Los alumnos aprenden no menos, sino más que antes, pero aprenden otras cosas, de otra forma, bajo otros criterios...

En cuanto a la segunda de las críticas de los anti-pedagogos, si la educación –como dicen ellos– no tiene como fin el bienestar del alumno, ¿para qué diablos sirve? ¿Qué escuela o método pedagógico podría desligar el aprendizaje de la realización y la felicidad personal? La verdad es que ni siquiera el de estos mismos anti-pedagogos. Su discurso (más propio de un sargento de marines) de que «hay que dejar de proteger al niño para que sea un tipo más duro y capaz de enfrentarse al mundo» también está dirigido a la felicidad (futura) del alumno. Aunque desde una concepción tan tosca (y reaccionaria) de lo que es un niño (y de lo que es el mundo) que da vergüenza ajena escucharlo en boca de un profesional de la educación.

Que hoy, en fin, tras siglos de vigencia de un modelo de instrucción limitado a llenar de información las cabezas de los niños y a distribuirlos en «nichos» sociales, se transite a otro consagrado a desarrollar integralmente su personalidad y a darles la oportunidad de elegir cómo quieren vivir y pensar, es un logro enorme que hay que defender a toda costa, tanto de los que quieren arruinarlo para volver a una versión neoliberal e hipereficiente del modelo instructivista, como de aquellos «pedagogos anti-pedagogía» que les sirven de cebo.

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