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La curiosa impertinente

Pesadillas

 

He tenido una pesadilla esta noche. Una pesadilla de lo cotidiano, sin monstruos ni muertos de las de despertarse bañada en sudor y con el grito en la garganta. Pero era angustiosa, inmovilizadora y real. Tan real y palpable que con un fondo de rebeldía profunda y muy mía, algo más allá de mi subconsciente me decía en una parte de mi intelecto no anulada por el sueño que aquello no era cierto y que por un esfuerzo de mi voluntad me podría despertar. Y lo he hecho solo para constatar agradecida que era sábado de junio, que estaba en mi casa y que la vida continuaba donde la había dejado el viernes por la noche, con calor, cariño y esperanza.

El caso es que, en mi sueño, yo era una joven destinada en un instituto de un pueblo muy rural y muy polvoriento. Si alguna vez lo fui, nunca de una forma tan horrible. Llevaba a las espaldas una mochila cargadísima de no sé qué y estaba con unas compañeras que me animaban a subirme al coche que nos llevaría al centro. Este era un viejo todo terreno descapotable y había un asiento preparado para mí, al que tenía que saltar, pero por más que lo intentaba no podía. Sube, sube --se reían-- y yo, con mi mochila a cuestas, alzaba una pierna y luego otra en un juego de impotencia y desesperación pensando, va a tocar el timbre, va a tocar el timbre.

La mañana me ha parecido hermosa como pocas, pese a los grados sin cuento. Y me ha dado por pensar en las pesadillas reales que tantos presuntos poderosos viven a nuestro alrededor. La pobre Merkel sujetándose los brazos para mitigar los temblores ante medio mundo. El pobre Rivera, asediado por unos y otros para investir a Sánchez. Y sobre todo el pobre Sánchez, al que seguro se le representará una y otra vez Trump con su pelambrera naranja señalándole el sitio donde se tiene que sentar: --Tú ahí, quietecito. O Iglesias con su pelambrera recogida: --Sube, sube, mientras me nombres ministro. O Rufián y Junqueras, por nombrar algunos, al grito de: ¡Indulto, indulto!

Decididamente las piedras de la mochila de Sánchez son mucho más pesadas que las mías En mi peor pesadilla.