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En la otra esquina

Pieles

 

Carlos Ortiz Carlos Ortiz
24/06/2019

La piel siempre nos delata. Los cambios de estación, ahora que ha llegado el verano, muestran las heridas del invierno, las manchas del frío y el tenue despertar a la primavera de la malla que nos recubre y nos protege. La piel, siempre la piel, esa que nos hace débiles, demuestra lo frágiles que somos y se tatúa para dejar para siempre una huella en el mapa de nuestro cuerpo. Alguien con la piel blanquecina a quien vi en mi primer día de piscina me descubrió por qué la luz es tan necesaria y por qué el sol es el mejor amigo del ser humano por el bien que nos hace.

Pero el envoltorio de lo que somos en cuerpo y alma también sufre nuestros cambios de ánimo, nuestro estrés y los cansancios que afrontamos durante el tiempo que vivimos. He visto pieles envejecer, he admirado otras que brillaban y las de mis hijas cuando nacían. Nada más emocionante que abrazar y calentar unas manos, nada más rotundo que quienes rozan las suyas sea cual sea el motivo y el sexo.

Me asomo ahora a las pieles que veo y trato de adivinar, como un forense inexperto, las historias que no habrán vivido hasta que el estío las pone al descubierto. Las noches de malos sueños, las primeras luces del alba cuando las calles aún siguen heladas y esa sensación de vértigo que te recorre por dentro cuando algo va a pasar y no lo sabes. Pero, por encima de todo, la piel nos lleva y nos trae, nos maneja a su antojo y cambia como nosotros. Quien vuelve de una playa, quien sale de una cárcel, quien sufre la pérdida de un ser querido y hasta aquellos que maduran sin saberlo. La piel nos habita, como decía Almodóvar. La piel nos puede, nos abarca y nos agota. Somos de ella, como del tiempo que nos toca vivir.