+
Accede a tu cuenta

 

O accede con tus datos de Usuario El Periódico Extremadura:

Recordarme

Puedes recuperar tu contraseña o registrarte

 
 
   
 
 

Café filosófico

La política como empresa literaria

El mundo político y el mundo empresarial no se diferencian en casi nada

 

La política como empresa literaria -

Víctor Bermúdez Víctor Bermúdez
24/07/2019

En qué se diferencia el mundo político del empresarial? En casi nada. Los principales elementos en que se asienta la retórica del nuevo capitalismo –y la organización de sus empresas– son los mismos que podemos encontrar en la retórica y el funcionamiento de la política contemporánea.

El primero de ellos es la apelación al «cambio». No hay gurú empresarial ni líder o asesor político que no emplee la fórmula retórica del «cambio» para justificar su política productiva o su producto político. En casi ningún caso ese «cambio» refiere una transformación real –a lo sumo, re-estructuraciones para mantener el orden o el beneficio– pero el sentido de la palabra mueve emocionalmente a vislumbrarla. Con eso basta. El espíritu novelesco y el estado emocional generados por la constante invocación al cambio es suficiente para alentar y justificar la serie de renovaciones –la de la producción y el consumo, la de la propia empresa (con su correspondiente coste social) o la del voto– con las que nunca se cambia nada, pero con las que se mantiene la ilusión de poder hacerlo.

La mercantilización y manipulación de las emociones –y, en general, de la vida psíquica– es el segundo elemento estructural, y retóricamente estructurante, que comparten la empresa económica y política. El nuevo «capitalismo cognitivo» o «emocional» –como lo bautizó Eva Illouz– ende sus mercancias –y la volatibilidad laboral que requiere producirlas– como una gran oportunidad de auto-transformación y realización personal, del mismo modo que la «política emocional» alienta la renovación del voto de fe en el sistema como una ocasión de –decía Bill Clinton– «dar a la gente la posibilidad de mejorar su historia». Nada de condiciones materiales a transformar; es más bien una cuestión de saber interpretarlas del modo más adecuado para... sentirse bien.

Bill Clinton es, por cierto, uno de los más claros representantes –en una concurrida trayectoria que va de Ronald Reagan al cómico Volodímir Zelenski– de lo que William Safire llamó burlonamente los «politerati» –mezcla de literato y político–. Su capacidad para usar el relato como estrategia de marketing político encarna la tercera de las características que comparten la empresa y la política contemporáneas: su naturaleza fabuladora. Lo describe Christian Salmon en un ensayo (Storytelling) recientemente traducido al español. Lo mismo que en la economía se ha pasado del management centrado en el producto o la marca a aquel otro basado en historias (el storyteller y el gurú económico en lugar del coach o el viejo mánager), en la política se ha sustituido el discurso de los fines y la ideología por la retórica de las historias personales cargadas de emociones y ejemplaridad (de los discursos parlamentarios a la secuencia de anécdotas y gestos con las que se comunica hoy el político –en interacción constante y performativa con los medios– , del sabio consejero al spin doctor, o el story spinner)...

Bajo este «paradigma narrativo», el poder político es equiparable a su poder de realización cinematográfica a través de un guión o secuencia de decisiones, gestos e interacciones que son objeto de un montaje permanente, y para el que el control y la gestión de los medios es fundamental. El caso del ucraniano Zelinski, que pasa de protagonizar al presidente en una exitosa serie de TV a verse convertido «realmente» en él, es un ejemplo inmejorable.

Qué transmitan esos engranajes narrativos –al fin, los mitos políticos universales, con sus variantes locales (al estilo de las multinacionales) y su predilección por la fábula del sueño americano– no es tan importante como la manera en que lo hacen. La estrategia de trenzar relatos a lo Sherezade se impone a todo contexto, por ruidoso y desestructurado que sea, aprovecha los flujos de rumores y noticias falsas, salva cualquier contradicción, manipula las emociones, y genera adhesiones dogmáticas a medida –tal como los productos de consumo– , saturando los espacios de mediación e impidiendo la deliberación racional... Qué relato –y reflexión– harían falta para torcer esta deriva es la cuestión del educador y el filósofo.