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Privacidad y exhibicionismo

 

Vivimos en una sociedad que en determinados asuntos acostumbra a coquetear con la esquizofrenia. Uno de ellos: la gestión de los datos personales. Por un lado, vemos a personas que claman al cielo por la facilidad con la que somos «controlados por los grandes poderes», mientras que otros no dejan nada a la imaginación en las redes sociales. Si hablo de «esquizofrenia» es porque muchas personas abanderan ambas posturas, es decir, se quejan de la falta de privacidad a la que estamos sometidos a la vez que cuentan en Facebook, día a día, qué han comido, con quién han estado, adónde han ido, qué les preocupa y qué les hace felices. Y para que la información no quede incompleta, la aderezan con fotografías tomadas con su teléfono móvil.

Paradójicamente, pedimos una regulación que defienda nuestra privacidad (lo cual tiene mucho sentido) al tiempo que nos desprendemos de esa privacidad de manera compulsiva y temeraria.

No me corresponde estipular qué deberíamos compartir o no en Internet: que cada cual se marque sus propias líneas rojas. Pero creo que por lo general ofrecemos más información sobre nosotros de lo que sería juicioso. Parece como si vivir en la estricta privacidad resultara demasiado aburrido, lo que nos incita a exhibirnos y a añorar la privacidad. Ambas cosas.

Intuyo que seguiremos en esta línea: quejándonos airadamente, por ejemplo, de la forma en la que el Instituto Nacional de Estadística (INE) recaba información sobre nosotros para, cinco minutos después, publicar en Facebook adónde y con quién vamos a viajar el próximo fin de semana.

Los expertos en privacidad y seguridad en Internet no se cansan de alertarnos contra los riesgos que corremos al compartir ciertos datos. Creo que, antes de poner en práctica esos consejos, deberíamos acudir a un buen psicólogo que nos haga entender que la privacidad y el exhibicionismo son conceptos antagónicos.

*Escritor.