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Café filosófico

Profesores guerrilleros

Estos aprovechan su superioridad intelectual y su posición para inculcar su particulares «-ismos»

 

Profesores guerrilleros -

Víctor Bermúdez Víctor Bermúdez
30/10/2019

Hay gente que se queja de que los profesores hablen –o hablemos– de política en clase, porque piensan que, así, adoctrinamos a los alumnos. ¿Es esto cierto? ¿Se puede y debe hablar de política en las aulas? Y si es así: ¿cómo hacerlo? ¿Cabe una educación política que no sea manipuladora, sino liberadora?

Antes de nada hay que aclarar que en las aulas –como en las casas, las calles, las series de la tele o los conciertos de reguetón– se hace siempre política aunque no se hable de ella. Que se hace política quiere decir que se transmiten modelos acerca de lo que es moral y socialmente justo o legítimo. De hecho, los niños aprenden tanto o más de la conducta de sus profesores o padres que de sus palabras, o de la forma de actuar de sus amigos o los personajes que admiran que de la de sus profes y padres, o de los valores que rezuman las canciones o películas de moda que de cualquier catecismo o manual de Ciudadanía.

En toda sociedad se educa pues (de forma tribal y en gran medida irreflexiva) en ciertas ideas o creencias acerca de lo que es y no es políticamente válido o deseable. ¿Es esto adoctrinamiento? Sin duda. Lo que pasa es que es «nuestro adoctrinamiento» (el de nuestra cultura, nuestras creencias, nuestra familia), por lo que nos parece de perlas –si es que no la transmisión de la Verdad misma–. ¿Y la escuela? ¿Qué papel ha de guardar en todo esto?

En una sociedad democrática y plural la escuela ha de ser el antídoto no del adoctrinamiento en sí (pues este es inevitable: sin él no hay sociedad que valga), sino del dogmatismo, esto es: de la creencia de que no hay más que una doctrina verdadera –y que las otras son solo errores a erradicar–. Por eso, en la escuela han de poder exponerse –en la forma y edad adecuada– todas las doctrinas políticas del mundo, siempre que, con la misma fuerza y frecuencia, se enseñe a mantener un espíritu analítico y crítico con respecto a todas ellas.

¿Cómo se hace esto? La escuela es un sistema, y para que funcione ha de haber un reparto eficiente de tareas. Así, están los docentes que deben impartir las doctrinas y métodos de la ciencia en vigor –entre ellos los profesores de Historia política– desde una perspectiva descriptiva, sin entrar en valoraciones ajenas a su saber. Están luego los docentes que imparten doctrina moral y política –por ejemplo los profesores de Ciudadanía– que han de prescribir o inculcar los valores (y solo esos) dados por nuestras leyes más importantes (como la Constitución o los Derechos Humanos). Y, finalmente, están los profesores de Filosofía que han de cuestionar la validez de todas estas doctrinas y valores, empezando por los que sostienen nuestro propio sistema político (la democracia y la filosofía tienen esta rareza en común: se legitiman cuestionando regularmente su propia legitimidad). Estos últimos también hablan, desde luego, de política, pero en su sentido más fundamental: mueven al alumno a plantearse qué es en sí mismo lo justo y a usar las herramientas conceptuales, analíticas y argumentales necesarias para adoptar, libre y racionalmente, su propia posición política.

Este reparto de tareas es lo que garantiza el necesario equilibrio entre adoctrinamiento y educación en libertad. Solo doctrina es dogmatismo. Solo libertad es imposible (el anarquismo es también una doctrina). ¿Se debe, pues, hablar de política en clase –más allá de los modelos que de forma inevitable transmitimos–? La respuesta es sí. Pero solo si el profesor es capaz de mantener la mayor neutralidad en esto y se limita, en las aulas, a exponer su doctrina científica, inculcar los valores comunes, o enseñar a los niños a pensar y dialogar de forma rigurosa y crítica acerca de todas las políticas y valores posibles. Otra cosa es lo que hacen los que yo llamo profesores «guerrilleros» (o según ellos «comprometidos»): aprovechar su superioridad intelectual y su posición de poder para inculcar a los alumnos sus particulares «-ismos». Estos docentes-militantes son los únicos que no deben hablar de política en clase, manteniendo para la discusión con sus iguales las –seguro que nobilísimas y justas– causas en las que andan empeñados.

*Profesor de Filosofía.