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Café filosófico

¿Quién debe morir?

¿Qué debemos hacer cuando hay más enfermos graves que respiradores disponibles?

 

¿Quién debe morir? -

Víctor Bermúdez Víctor Bermúdez
08/04/2020

Se trata de un viejo y endiablado dilema ético. ¿Qué hacemos cuando, por falta de recursos, capacidad, tiempo u otros factores, no es posible salvar a ciertas personas sino al precio de sacrificar a otras? ¿Qué debemos hacer cuando hay más enfermos graves que respiradores, más personas necesitadas de trasplante que órganos disponibles, más náufragos ahogándose que flotadores o espacio en el bote de salvamento...? ¿Cómo decidimos en todos esos casos quién vive y quién muere?

El dilema resulta tan doloroso que, incluso en el contexto de una simple discusión teórica, muchas personas se inhiben o acuden a argucias infantiles para evitarlo. Así, se invocan supuestos criterios técnicos, como si un problema moral (y político) se pudiera salvar mediante protocolos profesionales o el concurso de expertos; o, más puerilmente aún, se invoca a la suerte, o al «orden de llegada», como si la justicia pudiera impartirse con un dado, o decidir que decidan la suerte o la casualidad nos eximiera de responsabilidad alguna.

¿Qué hacer entonces? Algunos, imbuidos de una moral kantiana, arguyen que dejar morir a una persona inocente es siempre y en toda circunstancia un crimen execrable. Los principios morales merecen –según ellos– un respeto absoluto, incondicional, sean cuales sean las consecuencias que devengan de su aplicación (justo en esto consiste –dicen– actuar moralmente). Dicho de otro modo: el fin nunca justifica los medios; menos aún si el «medio» es un ser humano. ¿Que esto supone que mueran más personas? Como si morimos todos. La dignidad y la justicia están por encima de todo.

La mayoría de las personas no acepta hoy planteamientos como el anterior. ¿Cómo no va a medirse la bondad o la justicia de una acción en virtud de sus consecuencias? Priman las éticas «utilitaristas», para las que la moralidad de un acto depende de que su «coste» en dolor no sea mayor que sus presumibles «beneficios» en términos de bienestar para la mayoría. Así, si sacrificar a enfermos con esperanza de vida X (o a X personas) resulta la única manera de salvar a enfermos con esperanza de vida X+1 (o a X+1 personas), deberíamos proceder –por doloroso que sea– a ese sacrificio. Para el utilitarismo ético el fin sí que justifica (en ciertos casos) los medios; especialmente si el fin es salvaguardar la vida del mayor número (dos valores morales estos –el de la vida y el del mayor número– que, paradójicamente, se asumen hoy como anteriores a la moralidad misma).

Ahora bien, las éticas utilitaristas generan multitud de problemas (diríamos –en términos utilitaristas– que tal vez más problemas de los que resuelven). El primero y fundamental es el de cómo someter a cálculo cosas como el valor de una vida humana. ¿Valen en esto criterios puramente cuantitativos (edad, esperanza de vida)? ¿O deberíamos acudir a criterios cualitativos (la capacidad para disfrutar, lo que aporta socialmente una persona…)? ¿No podría suponer más beneficio para todos salvar a un científico competente –un gran oncólogo, por ejemplo–, o a un artista genial, aunque fueran ya viejos, que a un joven burócrata sin aspiraciones? Son ejemplos muy provocativos, pero que sirven para descabalar la idea-tabú de que todas las vidas humanas son, en todos los sentidos, igualmente valiosas –algo que no concuerda con el hecho de que la mayoría valore más la vida de sus parientes, amigos o compatriotas (por no hablar de la suya propia) que la de los extraños, la de los «buenos» que la de los «malvados», la de los que tienen «derecho» a asistencia sanitaria que la de los que no, etc– .

Otro problema-tipo del utilitarismo deviene de la dificultad de calcular las consecuencias a largo plazo de nuestras decisiones. Pensemos, por ejemplo, que la normalización en el uso de criterios utilitaristas en hospitales condujera a la administración a despreocuparse de aumentar los recursos sanitarios; esto, en términos propiamente utilitaristas, supondría un mal mayor a más largo plazo. ¿Entonces?

Los expuestos no son los únicos problemas morales y teorías éticas que implican y competen a este tipo de dilemas, pero sí algunos de los principales. ¿Nos atrevemos a pensarlos?

* Profesor de filosofía

 
 
3 Comentarios
03

Por jordi motlló 16:37 - 08.04.2020

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No quisiera encontrarme es esta tesitura de tener que decidir quien vive y quien no. Aunque, en teoría, lo tendría claro, en la práctica, confieso, que me costaría aplicar esta teoría. Nuestros médicos tienen que decidir en segundos por una opción al no haber medios suficientes para salvar a los dos protagonistas del dilema. Entonces...¿de quién es la culpa de que no haya los medios para salvar a los dos? ¿ De la administración? ¿Del ministerio? ¿Del gobierno? Todo el mundo tendría que tener su remordimiento. Y, una cosa más, juan de la vera: al decidirte por “salvar” a Jesús Sampedro, tú, tambu, haces tu elección...

02

Por juan de la vera 13:24 - 08.04.2020

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Aparte del hecho de que este triaje , como dicen, es una transgresión grave de la Constitución y de que vulnera gravemente el derecho de igualdad, ergo es completamente ilegal y habrá que pedir responsabilidades penales llegado su momento, quiero hacer constar que prefiero curar por ejemplo a un Jesús Sampedro con más de noventa tacos que a un nueo Adolfito Hitler con 35. Un año del primero vale más que cincuenta del segundo

01

Por IER 12:17 - 08.04.2020

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Es un artículo brillante y bien traído. pero los filósofos son especialistas en plantear dilemas como éste y no mojarse en el camino que elegirían ellos como actores, no como meros observadores. Ante esto dos observaciones prácticas: Nuestra Constitución no permite discriminar a las personas por su condición, en este caso edad o condición física. Segundo,¿no son las circunstancias, la suerte o el destino, para los que crean en él, los que deciden en casi todos los sucesos de la vida?. También decidirán nuestra muerte. Entiendo que un médico no debe decidir quien vive o muere en ninguna circunstancia. Parece injusto y lo es.