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Tribuna abierta

Del Quijote y otras drogas

Vivir la vida con consciencia y conocimiento es vivir más

 

Del Quijote y otras drogas -

Víctor Bermúdez Víctor Bermúdez
06/06/2018

Ahora que es época de libros se me viene a la cabeza el divertido comentario que me hizo una alumna en una sesión de radio en que discutíamos sobre drogas. «A ver –nos dijo–, puestos a hablar de drogatas todos conocemos el caso de Don Quijote, que era adicto a los libros, y de tanto leer y leer se volvió loco y empezó a ser un problema para todos...». Conclusión de mi alumna: toda adicción es mala, y todo adicto es un drogadicto. ¿Es esto cierto? ¿No tendría, lo que es bueno, ser precisamente adictivo? ¿Es eso de leer como posesos –las aventuras del poseso hidalgo manchego, por ejemplo– un argumento a favor, o en contra de las drogas?

No es cosa fácil hablar con los jóvenes sobre drogas. Sobre todo si uno pretende convencerles y no sermonearles. Demonizarlas no sirve, desde luego, de nada. Los chicos saben que las pasiones prohibidas nunca son tan malas como sus censores las pintan (si fueran tan malas no haría falta prohibirlas con tanto ahínco). Además, buena parte de sus ídolos, o de la gente más «guay» que conocen, las consumen. Algo tendrán, pues, esas dichosas drogas.

Las drogas tienen contraindicaciones y peligrosos efectos secundarios, cierto, pero también procuran estados psicológicos gratificantes (relajación, euforia, alegría, desinhibición y, a veces, una especie de abandono o «liberadora» pérdida de conciencia). No podemos empezar negando esto. Si queremos evitar que los jóvenes incurran en malos hábitos, y dado que tomar o no tomar drogas es una decisión personal (y no una patología ni una tendencia irrefrenable al mal), tenemos que empezar por explicarles por qué son tan malas cosas que parecen tan buenas. Y no es nada fácil.

En una sociedad, además, como esta, en la que el bienestar psíquico y la diversión (entendida como un estado de dispersión y evasión permanente) se conciben como bienes supremos, la adicción a las drogas parece una conducta coherente, incluso al coste de acortar la vida. ¿Hay modelos morales alternativos a esta suerte de hedonismo fast-food que se vende, por defecto, a los jóvenes (y no tan jóvenes)?

La razón por la que a mí me han repugnado siempre la mayoría de las drogas es muy simple: te aturden y te privan de conciencia. Y nunca he entendido qué interés tiene volverse uno más tonto de lo que es. Es cierto que cierto grado de embriaguez puede ser «productivo». Pero desengáñense, solo en algunos campos –como el arte quizás–, en ocasiones muy contadas, y en personas muy concretas. En la inmensa mayoría de los casos el efecto «creativo» de las drogas no tiene nada que ver con la divina inspiración de los poetas –sino con la paliza que te da un tipo cualquiera desprovisto de todo pudor–.

Si tuviera que defender un modelo de vida inmune a la tentación de las drogas, lo haría alabando justo el efecto contrario al suyo: el estado de lucidez. Proust decía que no hay vida más plena que aquella que se revive a través de la palabra, la memoria y la reflexión. Vivir de forma espontánea e irreflexiva –como prometen las más de las drogas– es la forma más pobre –no la más plena– de vivir. La propia a un animal. O a un esclavo. Por eso es, también, la más querida por quienes sufren del afán de dominar a los demás. Recuerden, por cierto, que el entretenimiento mediático o el consumo no son opiáceos menos poderosos que el que aturde al yonqui de la esquina.

Vivir con consciencia y conocimiento es vivir más. No experimenta con la misma profundidad las cosas –un beso, un viaje, un proyecto, una obra de arte...– quien sabe de ellas, de su raíz y sentido, que quien no. Decía Platón que de entre las formas de locura que embriagan a las personas la mejor es la de leer cada cosa o experiencia como un signo o reflejo de otras, infinitas y mejores. Vivir leyendo. Tomar el mundo mismo como un gran libro. No hay droga que genere más euforia, alegría, y relajado abandono con respecto a las menudencias (e inmundicias) de la vida.

No hay nada, en fin, más alucinante que la lucidez. Por eso, leer compulsivamente es una droga de lo más recomendable. Incluso aunque uno acabe como Don Quijote: loco para los demás, pero viva y plenamente cuerdo para quien sabe leernos.