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Jueves sociales

Repartidores de noticias

 

No culpemos al mensajero, dejémosle tranquilo. Él viene a traernos lo que hemos pedido, y en caso de no quedar satisfechos, solo tenemos que apretar el botón y despedirlo. Así de fácil. Más alto, más rápido, más fuerte.

El lema de las Olimpiadas vale también para los mensajeros. Da igual lo que repartan: comida a domicilio, paquetes o noticias. Importa solo la rapidez, pisar el terreno a los mensajeros de otras empresas para que no te arrebaten esa franja de consumidores sentados en el sofá, ansiosos por recibir la feria en casa. Por eso no solo tienen que estar al pie del cañón en cuanto aparezca el producto que se va a consumir en todos los hogares, sino aguantar durante horas, improvisar campamentos, dejarse la piel en un más difícil todavía.

La culpa no es de ellos, repito. La culpa es de los consumidores que eligen con o sin cebolla, queso o pepinillos, o picante, y el cliente siempre tiene razón, como en esta semana en la que los mensajeros de noticias han trabajado duro. Día y noche. A gusto del público dueño y señor del mando a distancia.

No es que los periodistas (llamemos así a los repartidores de información) impongan sus gustos, no. Consumimos lo que queremos y si no nos lo ofrece esta cadena, solo tenemos que apretar un botón y ya tenemos otra oferta esperando.

Una familiar. O dos por uno en sentimientos. Cae un niño a un pozo y se activan las alarmas. Es una noticia que promete, conmoverá a todos porque hay dolor y esperanza a partes iguales. Y se montan campamentos y se contrata a expertos que hablan del feldespato y la mica, o lo que sea, siempre que suene a geología. Suben las audiencias. Son fieles. Pero, ay, la noticia se alarga, se pierde el interés y el periodista ha de buscar otros frentes.

Un hermano muerto, agujeros ilegales, un tapón de tierra extraño sobre el niño... Se entrevista a todo aquel que quiera responder, tíos, concuñados, hermanos de un vecino del concuñado...

Todos alimentan la noticia. Pero se pierde interés, está lejos un final feliz y el dedo del cliente se acerca al botón del mando.

Menos mal que aparecen los mineros que vamos a convertir en héroes, aunque ellos afirmen que solo cumplen su trabajo. Pero nada puede durar para siempre.

El filón se acaba de madrugada con la tristísima noticia de la aparición del niño. Otra vuelta más de feria. Queda el entierro, la investigación y entrevistar tal vez a alguna tía abuela segunda por parte de padre que aún no ha dicho nada.

El mensajero vuelve a ponerse en marcha. El consumidor se enjuga una lágrima, lo olvida enseguida, encarga otro producto, y se sienta tranquilamente a esperarlo.

 
 
1 Comentario
01

Por vistacorta 9:01 - 31.01.2019

Estoy de acuerdo que es el consumidor del producto el culpable de los quehaceres de algunos medios de comunicación.