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Nueva sociedad, nueva política

Resistencia al cambio

Los dirigentes se equivocan si creen estar interpretando los deseos de sus votantes

 

Cuando se lea esto, habrá certeza sobre si los dirigentes de PSOE y Podemos se obligan a llegar a un acuerdo u obligan a la ciudadanía a volver a votar. En realidad, ya da igual. A estas alturas, si hay acuerdo estará basado en la desconfianza y el desprecio que ambas cúpulas se han afanado en alimentar durante meses, y si no lo hay será la constatación de un fracaso imposible de explicar.

Todo el proceso político desde el 28-A certifica que las élites de los partidos no han aprendido la lección de la difícil década de la crisis económica, la irrupción del 15-M y la instauración del multipartidismo. Su resistencia al cambio está siendo muy superior a la de la ciudadanía, que ya suele ser alta salvo catástrofe social: la realidad pide cambios a gritos, la ciudadanía lo hace en las urnas y las direcciones de los partidos se atrincheran en el búnker.

Lo paradójico no es que esto ocurra en PP y PSOE. Lo curioso es lo rápido que los partidos nuevos han replegado sus ambiciones regeneradoras y se han adaptado a formas de actuar que acaban reforzando la parálisis política.

El ejemplo más evidente es Ciudadanos, que convirtió la centralidad y la lucha por la limpieza institucional en sus banderas, y al que Rivera —un Rivera que incluso se niega a reunirse con el Presidente del Gobierno— ha conducido a velocidad de crucero al mercadeo por los sueldos públicos en Ayuntamientos y CC.AA., a pactos de sangre con un PP todavía trufado de corrupción y a inclinarse a la derecha de tal manera que imposibilita ejercer su supuesta vocación liberal y moderadora del debate público.

Podemos comenzó como un partido de gran transversalidad sociológica y ha sido conducido por Iglesias a ser una especie de IU aumentada. Con los mismos vicios de IU, entre ellos el atávico desprecio al PSOE procedente de los viejos tiempos de Anguita, heredero a su vez de las escisiones ideológicas de los años veinte del siglo pasado. Ese factor está pesando mucho en una negociación donde son perfectamente entendibles la desconfianza y la necesidad de garantías, pero donde al final parece que se trata de derrotar estratégicamente al eterno adversario socialista.

Por supuesto, los dos partidos veteranos son los más conservadores, aunque la militancia del PSOE demostrara en 2017 una alentadora capacidad de catarsis que Pedro Sánchez está desmintiendo con los hechos. De cantar la internacional en los mítines durante las primarias contra Susana Díaz se ha pasado a descartar la intervención del mercado del alquiler, aunque eso lo hacen en Europa incluso partidos de derechas. La reforma laboral que se quería derogar en las resoluciones del 39º Congreso ya solo se quiere modificar y de acabar con los acuerdos con el Vaticano no se ha vuelto a oír nada. La promesa de oxigenación de la vida pública (rendición de cuentas, limitación de mandatos, consultas a la militancia, etc.) tampoco parece tan importante para el Sánchez dirigente que para el Sánchez candidato. Antes era prioritario contentar a una militancia que dejó clara su escora a la izquierda, y ahora vuelve a ser prioritario contentar a los insaciables poderes económicos, como si hubiéramos vuelto a 2015.

En cuanto al PP, es evidente que la catarsis obligada por las sentencias judiciales y su consiguiente crisis política era eso, obligada. Si en Podemos Iglesias recuerda a veces a Anguita, en el PP Casado se empeña en recordar permanentemente a Aznar. La derecha española, de la mano ahora de su escisión ultramontana llamada VOX, sigue instalada en el imaginario de las dos Españas propio del siglo XIX, y se niega a colaborar en el desbloqueo, a pesar de que Rajoy fue presidente gracias a la abstención del PSOE conducido por la gestora de Díaz.

Los dirigentes se equivocan si creen estar interpretando los deseos de sus votantes: han vuelto a abrir una brecha insondable que se había reducido parcialmente entre 2014 y 2017. Otra cosa es que estén dilucidando sus propios intereses. En cualquiera de los dos casos —incapacidad de empatía con el electorado o falacia política conducente a conservar privilegios—, la inexplicable resistencia al cambio de unas élites políticas españolas en las que se ha producido relevo generacional pero no ideológico, emocional, ético ni político, recibirá pronto su justo castigo.

* Licenciado en CC. de la información

 
 
1 Comentario
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Por lobaesteparia08@hotmail.com 8:31 - 17.09.2019

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Totalmente de acuerdo. Siguen sin entender que están ahí para servir al pueblo.