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A la intemperie

Reyes (Magos)

Jesús Reynolds, rey sabio, me alertó sobre la conveniencia de usar pañales...

 

Reyes (Magos) -

Fernando Valbuena Fernando Valbuena
04/01/2020

De las noches de reyes recuerdo el traqueteo de las persianas agitadas por el viento. Recuerdo la tenue luz que las atravesaba. Y me recuerdo a mí mismo embozado en mi cama, los ojos abiertos, escuchando en la espera. La ilusión es la espera. Pero eso lo supe luego...

Muchos años después vestí las carnes mortales de Melchor. Sin demasiados méritos, como bien apuntarán ustedes. En esta vida he recibido más de lo que he dado. Siempre he tenido reyes bienhechores a mi lado. Gracias por aquella noche que aún me traquetea en la memoria; y gracias también por aquella cabalgata que ahora rememoro.

De qué iba el asunto me lo anunció Jesús Reynolds, rey que había sido, cuando me alertó sobre la conveniencia de usar pañal. Pañal, sí, han leído bien. Así que habiendo consejas de sabios mayores, y siendo yo nuevo en el oficio, opté por visitar una farmacia. La de Santo Domingo, por más señas. Expuse el brete, y el entuerto se resolvió como por ensalmo. Bastó invocar el nombre de Melchor para que me regalaran un par de pañales tan enormes como mi sorpresa (y mis posaderas). Desde entonces no le tengo miedo a los pañales, estación término de todos nosotros. La magia se obró también con las lentillas. No parecía apropiado usar antiparras, así que vuelta a contar mis cuitas, esta vez en una óptica. Salí con lentillas de balde. Fueron los dos primeros milagros. Los dos primeros regalos de los muchos que estaba llamado a recibir.

Creo que nadie ha escrito manual alguno para consulta de magos de oriente. Quizá porque no son necesarios; todo ocurre como por encantamiento. Cuando me dijeron que era el primer desterrado hijo de Eva en llenar el traje de Melchor me sentí casi predestinado, como si toda una vida comiendo de más tuviera, por fin, sentido. Un porqué superior. Nos maquillaron y nos dieron ensaladilla con largueza. Cual reyes. Y vino a mí cierta paz. Paz en la espera, las barbas prietas, los ojos idos...

Lo demás fue besar. Besos limpios con el aire del primer amor. Y yo allí, olvidado de mi propia carne, en carne ajena. Como si mis ojos fueran ajenos y bajo los pesados ropajes aleteara ligero, en libertad, un ángel. Todo entre corrientes desatadas de ilusión. La de los niños. Y la de sus padres (vueltos a ser niños). La ilusión centellea por igual en los ojos de los unos y de los otros. El mismo arrobo. Y, de vuelta, regaladas, sus sonrisas. Cada una distinta. Cada una ensartada en el corazón.

Y cartas, cientos de cartas. Y cientos de chupetes. Yo no sabía lo de los chupetes. Se rinden chupetes ante sus majestades como si de un atávico rito de iniciación se tratara. Chupetes a manos llenas. Y caramelos. Los brazos rotos de palear caramelos. Y de saludar. Saludar a la gente apostada en las calles y a la gente encaramada en ventanas y balcones. Y los ojos ávidos de descubrir amigos de vidas anteriores. Solo un guiño. Y sed. Mucha sed.

Tanta era la sed que, viendo a uno de los pajes con una botella de agua en la que aún bailaban unos buchitos, se la pedí (y me la bebí). Luego me dio apuro. ¿Beben los magos? ¿Fue aquello un regalo del Altísimo o un robo tan burdo como impropio? Ya en San Francisco, el alcalde, buen samaritano, me procuró agua a discreción. Luego, Melchor habló a los niños. Algo dijo sobre la salud y el trabajo (y las camisetas blanquinegras)... creo. Al volver a casa me descubrí cansado. Ya acostado, antes de cerrar los ojos, quise oír el traqueteo de las persianas. Y en eso quedé dormido.

Anoto para curiosos. No, no necesité hacer uso del pañal. El otro, el segundo, lo guardo en mi armario para no olvidar la inmensa felicidad de aquel día.