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Tribuna abierta

Ruido, idiosincrasia y agresión

Muchos no soportan el silencio, les aburre, porque carecen de capacidad para entretenerse

 

Ruido, idiosincrasia y agresión -

Víctor Bermúdez Víctor Bermúdez
26/09/2018

Lamento que metan a la gente en la cárcel, pero no puedo decir que no me alegre de la sentencia que condena a los responsables de torturar durante años a los vecinos del barrio de La Madrila en Cáceres. Lamento que haya tenido que ser por la vía judicial, tras infinitas súplicas, manifestaciones y denuncias (y mientras seguían, implacables, las noches en blanco, el zumbido de los altavoces, los berridos a cualquier hora en la calle...), pero no puedo no alegrarme de que, al fin, empiece a reconocerse que atronar a los demás es un acto intolerable y punible de violencia.

Digo esto por que todavía hay quienes no entienden que esto de hacer ruido pueda ser una forma de agresión. Durante toda mi vida he interpelado educadamente a aquellos que –en la vivienda, el vecindario, el vagón, el cine, la biblioteca, el museo, la taberna o la calzada pública– me forzaban a compartir la banda sonora de su vida, trabajo, opiniones, aficiones o gustos mediáticos, y la respuesta era casi siempre la misma: se me quedaban mirando, perplejos, como si tuvieran en frente a un extraterrestre sorprendido por la naturaleza líquida del agua o la neblinosa forma de las nubes. «Pobrecillo –no me lo decían pero se les leía en la cara–, ¿qué le pasará que es incapaz de disfrutar del alegre bullicio de la existencia?».

Porque en este país –uno de los más ruidosos del mundo–, y por increíble que parezca, todavía hay quienes piensan que el nivel anormal de ruido que soportamos no solo es tolerable, sino que es una expresión natural de nuestra alegre manera de vivir, cuando lo que realmente refleja es, simple y llanamente, una falta asombrosa de todo tipo de educación.

Nada de «idiosincrasia latina». Lo que pasa es que muchos de mis compatriotas no soportan el silencio –les entristece, les aburre– y, como los niños, carecen de toda capacidad para entretenerse o divertirse que no implique ruido, lucecitas u otros estímulos primarios, además de para concebir –también como los niños– que existan otras personas alrededor tan importantes y dignas de respeto como Ellos. Se trata, pues, de simple analfabetismo (estructural o funcional), de falta de vida interior, y de ese espíritu superficial, narcisista e irreflexivo que caracteriza a las personas inmaduras. Algo que se muestra en la espontaneidad infantil con que muchos adultos obligan a todos a escuchar lo primero que se les pasa por la cabeza, o en la necesidad de exhibición sonora del español tipo –sea en las megalomelomaniacas ferias de pueblo (en las que si no atronas con miles de vatios a tus ciento cincuenta vecinos y todos los pueblos de la comarca no eres nadie), en las visitas al extranjero (en donde los grupos de españoles se oyen dos kilómetros antes de verse, mostrando a todos, quieran o no, y a voz en grito, su incomparable arte, alegría y poderío), o en otras mil circunstancias parecidas–.

¡Esto es lo que hay! –te dicen–. Hasta que descubres que no, que es mentira, que hay otros lugares (muchos) en los que se habla por la calle con normalidad, en donde la gente no conduce (y se saluda) tocando el claxon, ni nos cuenta –sin pudor alguno– su vida mientras habla a gritos por un móvil en el bus; lugares en los que es posible estar en casa sin oír la vida o los programas de TV del vecino; ciudades –¡lo sé, las he visto!– en que las personas levantan a pulso las maletas cuando los ruedines hacen el más leve ruido al tocar el suelo; países –¡sí, sí!– en los que puedes dormir de un tirón junto a la ventana completamente seguro de que no te va a despertar al borde del infarto el tubo de escape o el amplificador del utilitario de algún desgraciado con necesidad de hacerse oír.

Tal vez en la era de las cavernas hablar o actuar a gritos y con estrépito fuese una expresión de energía y alegre autoafirmación --«¡Aquí estoy yo, casi na!»–, pero hoy es ya solo el signo de estulticia más primario, evidente y audible, de cualquier «petardo» incapaz de la más mínima muestra de respeto hacia su prójimo. No es algo, en fin, de lo que no se pueda salir. Basta con educación y un poco más de algo en la cabeza. Pero también nos venía muy bien alguna que otra sentencia como esta.

 
 
5 Comentarios
05

Por Infraestructuras 12:47 - 26.09.2018

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Y nosotros somos españoles, no franceses, ni ingleses, ni alemanes. Aquí hace otro clima que condiciona nuestro carácter y nuestra cultura.

04

Por Infraestructuras 12:44 - 26.09.2018

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Los bares, os guste o no, para aquellos que sólo veis alcohol, son los lugares en los que nos socializamos y bajo este punto de vista son sagrados.

03

Por Infraestructuras 12:43 - 26.09.2018

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Me parece muy bien eso de dejar dormir y descansar a las personas, sin descanso enfermamos y no somos nadie. Sin embargo, hay que matizar un poco. ¿Qué pasa si el local no molesta a nadie, tiene también que cerrar a la hora que diga Cacereños contra el ruido y otros retros afines?. ¿por qué tengo que adaptarme a vuestra cultura y vosotros os pasáis la mía y la de miles de jóvenes (antes de las restricciones de hoario, ahora un grupo muy reducido), por dónde no digo?. Una ciudad tiene que dar cobijo a todo el mundo y en mi caso (joven entrado ya en años pero joven de espíritu), reivindico mi derecho a ser libre.

02

Por meslier2011 11:49 - 26.09.2018

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Fue la prohibición de fumar en el interior de los bares, lo que agravó la situación del ruido en La Madrila a finales de 2007. Y si bien hubo ocasiones puntuales en las que el problema era el volumen de la música de los locales (lo que podía haberse denunciado adecuadamente hace cuarenta años…), fundamentalmente se trataba de las voces de las personas en la calle. Hay un pequeño recinto en Cáceres, la Plaza del Conde de Canilleros (entre el Archivo Histórico y las traseras del Palacio Episcopal) en el que no hay un solo local de copas, sin que los vecinos puedan dormir a causa de los botellones que allí tienen lugar todos los fines de semana. ¿A quién sugiere que se meta en la cárcel en los centenares de casos como este? Porque si se juntan más de treinta personas, por muy bajo que hablen se produce un escándalo. Además, si en una zona se concentran un gran número de bares, la concurrencia de cientos o miles de personas que a ellos acuden termina afectando aún más al volumen del ruido, ante estos desplazamientos de gente que habla a voces en plena madrugada. A los políticos se les condena “por no haber cumplido la ley al no haber tomado las medidas necesarias para evitar las molestias continuas que sufrían los vecinos”. Pero esto no es cierto, porque sí se tomaron medidas. Otra cosa es que no alcanzaran a ser eficaces por falta de tiempo suficiente en vigencia, dado que costumbres tan arraigadas en la sociedad, como el ocio nocturno, no se pueden cambiar por decreto de la noche a la mañana (recuerden las graves revueltas callejeras de 1991). Si fiscales y jueces tienen la fórmula para remediarlo, no hacerla pública es una grave omisión en perjuicio de la sociedad; y si no la tienen, están condenando a la cárcel a quienes no lo merecen: los cambios sociales se producen lentamente y con el concurso de las familias, los educadores, los vecinos, la policía y la colaboración de todas las administraciones.

01

Por Maríapm 8:30 - 26.09.2018

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¡Por fin alguien hablando contra el ruido! ¡Ni me explico cómo lo ha publicado el Periódico Extremadura, que parece estar aliado con los hosteleros!