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Soliloquios

Ruidos

 

Juan Jiménez Parra Juan Jiménez Parra
14/10/2019

Son las tres de la madrugada y te encuentras sumido en un sueño profundo y placentero. Para más señas, tienes una vivencia que nunca has experimentado ni experimentarás en tu vida real: eres un tipo que ha sufrido la metamorfosis de Gregor Samsa descrita por Kafka, pero a la inversa. Has pasado de ser un hombre anodino y feucho, a ser un tipo simpático y atractivo que se lleva a las mujeres de calle. De pronto un desagradable sonido te devuelve a la realidad. Es la inoportuna alarma del coche de un vecino que se ha puesto a sonar insistentemente. Este automóvil deber ser de los de mírame y no me toques, porque con frecuencia dispara su quejido. Deberíamos dar un tirón de orejas a su dueño y decirle que desinstale la alarma. De hecho había que prohibir esas alarmas. Ocurre igual con los negocios que disponen de alarmas acústicas antirrobos. Existen otros métodos de seguridad que no fastidian a los que viven cerca.

Hay muchas maneras de molestar haciendo ruido. Mucho y estridente ruido hacen las motos que circulan por la ciudad con el tubo de escape trampeado. O los coches que se pasean convertidos en una discomóvil, parándose en los semáforos y expulsando música a todo volumen– por lo general bacalao, rap o reguetón- por sus ventanillas abiertas. A veces se detienen a las seis de la mañana durante bastante tiempo junto a un bloque de viviendas.

En el fondo todos soportamos y provocamos ruidos. ¿Quién no ha reformado su piso a golpe de martillo? ¿Quién no ha celebrado fiestas nocturnas en su casa y ha hablado a voces o ha puesto la música alta hasta que su vecino se ha quejado golpeando un tabique? ¿Quién no ha tocado el claxon de su coche hasta hacerse daño en la palma de la mano durante un atasco?

Cada vez que nos movemos emitimos ruido. El ruido nos envuelve sin remedio, y nos satisface cuando es sonido agradable o nos desagrada cuando es estridente.

Ruido somos y en silencio nos convertiremos. Pero hasta entonces, creo que el encierro en una cárcel es un castigo excesivo para aquellos a los la ley persiga por generar ruidos. Porque los castigos han de ser proporcionales al delito cometido. En todos los casos.

*Pintor.

 
 
1 Comentario
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Por juan de la vera 12:58 - 14.10.2019

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Esa sentencia es una manera de rendir culto de latría a la sagrada propiedad privada de unos mediocres frustrados porque su juventud (si la han tenido) se fue para no volver nunca. Justicia no es forzosamente equidad. Con el respeto debido a la decisión judicial, que no está el horno para bollos