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Desde el umbral

El saltimbanqui

 

De Pedro Sánchez se pueden decir muchas cosas, pero hay que reconocer que es un gran acróbata. En nuestro país, hemos conocido a pocos como él. Y miren que en estos más de 40 años de democracia hemos visto desfilar por las tarimas de la política a especímenes de todo tipo y condición. Pero ningún otro político ha tenido tanta pericia en el arte del salto invertido, ni tal ausencia de vértigo.

Supongo que entenderán que aludo a la condición gimnástica de Sánchez en el plano de la política. Que de sus pinitos deportivos solo sabemos que anduvo practicando el baloncesto en la cantera del Estudiantes. Y parece ser que ahí quedó la cosa. Una pena, porque su fracaso deportivo, probablemente, le llevó a la práctica de la política. Y en ella, por desgracia, sí lo hemos visto en acción.

Entre sus múltiples habilidades, destacan el bloqueo y la velocidad con que gira, bota y rebota para cambiar de posición. Nadie puede negar que, desde que conquistó el trono del PSOE, la política española vive presa de un bucle en que la figura de Sánchez siempre acaba apareciendo como obstáculo. Hasta sus compañeros de filas se llegaron a dar cuenta, y acabaron optando por segarle la hierba bajo los pies, hasta que salió por patas. Pero le dejaron con vida -políticamente hablando- y regresó recitando el cantar de gesta que le había compuesto su asesor aúlico, hasta que reconquistó el poder. Entonces, se vio que del PSOE clásico (que adolecía de cantidad de defectos, pero que, al menos, tenía una idea de España, y era institucionalmente responsable) no quedaban ya ni las raspas.

Ahora, viene a confirmarse eso mismo, tras el pacto con Podemos. Porque los clamores de Ibarra, González o Leguina ya no tienen eco en la conciencia de los cargos socialistas. Y no es casualidad, porque Sánchez se cuidó mucho de rodearse de leales, por aquello de evitar una segunda defenestración.

El caso es que el susodicho ha vuelto a mudar la piel por enésima vez, y se ha abrazado al comunismo y al populismo izquierdista con la misma naturalidad con que lo zahería hace apenas una semana. Y lo cierto es que ya solo el tiempo nos podrá revelar hasta dónde será capaz de llegar este saltimbanqui de la política con tal de continuar dormitando en La Moncloa. Que Dios nos coja confesados. *Diplomado en Magisterio.