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El secuestro

No hay empacho en el catalanismo en romper su coherencia y convertir en daño colateral a Iceta

 

El secuestro -

Vamos con la noticia y aparquemos, por un momento, la opinión: Iceta no presidirá el Senado. Ha funcionado en el parlamento catalán el veto (barra vendetta) secesionista sobre el líder socialista catalán ¿Veto? Miquel Iceta está desconsolado y ya ha anunciado que acudirá al amparo del Tribunal Constitucional. Lo que pide Miquel es una respuesta a la intolerable intromisión de una cámara de la que pueden decirse muchas cosas (no demasiado positivas), pero no que cuenta entre las mismas con la virtud de atenerse a unas reglas pactadas de juego institucional. No, al menos, si ellos no controlan el tablero.

Iceta, no obstante, se ha apresurado a aclarar, ante las preguntas de nadie, que está «decidido» a volver a «tender puentes entre Cataluña y el resto de España». No tengo muy claro a quién respondía, pero sí a quién iban dirigidas sus palabras. A un jefe, Pedro Sánchez, al que le pide que no deje de hablar de él cuando haya muerto (políticamente).

No tengo a Iceta por un político de escaso calibre y, de hecho, ha demostrado su fuerza y compromiso en situaciones complicadas. Si está siendo víctima de alguien, es de sí mismo y del tacticismo de su propio partido. No parece de recibo su asombro porque un parlamento como el actual en Cataluña opte por usar formas de presión o métodos de silenciar a sus adversarios políticos. Que son considerados, de hecho y derecho, como enemigos de la causa. Si no, que le pregunte a su compañero de escaño Arrimadas, continua sufridora de maneras filibusteristas en la misma sede parlamentaria.

Si algo debiera movernos a sorpresa es la actitud amable, analgésica y condescendiente que muestra históricamente el socialismo con (todas) las causas nacionalistas. La mayoría de los partidos nacionalistas de nuestro país se consideran conservadores, y no es difícil comprobar que en sus estatutos (y formas) se encuadran dentro de la derecha ideológica y social. Dirán que hay excepciones, como por ejemplo Esquerra; pero ni son mayoría si pensamos en términos de votos ni en número de partidos.

Pero es que, además, cuesta pensar en posiciones más insolidarias que las que propugnan los partidos nacionalistas en España. Es tan sencillo comprobar en qué suelen terminar sus pretensiones: concesiones con traducción económica. Todo ello por no jugar al paralelismo con formaciones de similar naturaleza en otros países.

Sin embargo, la izquierda ha construido perfectamente su discurso de entendimiento y mano tendida frente al nacionalismo. Y ha creado así una narrativa que nos desvirtúa su base ideológica con su (tímido, cuando así se requiere) sustento del nacionalismo con el nacionalismo. Primero, porque fija, limpia y da juego a su discurso contra el franquismo, contra el que estas fuerzas ciertamente lucharon durante la dictadura, y que suelen argumentar que siguen haciéndolo a día de hoy. Como si toda oposición política o judicial a sus actuaciones derivará de un entramado dictatorial que aún sigue en funcionamiento (pese a haber juzgado --y condenado-- a sus dos grandes partidos y a miembros de la Casa del Rey).

Segundo, porque sirve para validar el diálogo como un valor intrínseco. ¿A quién puede molestarle que dos hablen, incluso que un tercero (recuerden el suceso del «relator») medie? ¿Cómo defender la intolerancia sistemática frente a ideas políticas? Este es el relato construido por sistemas que han silenciado, con brutal y enfermizo éxito, a sociedades enteras, subyugadas ante la presión de mostrar simple divergencia. Justo el valor que pretenden cuando buscan dar voz y entablar diálogo con los intolerantes.

Todo esto, faltaría más, es conocido de sobra por todos los partidos nacionalistas de nuestro arco parlamentario, con independencia de su adscripción política. Todo esto, sobraría, es de sobra conocido por un presidenciable Pedro Sánchez, al que no se le escapa que la muleta nacionalista no ha sido solo usada por su partido, sino por un Partido Popular al que, así, resulta más fácil arrinconar.

Por eso no hay empacho en el catalanismo en romper su coherencia interna y convertir en daño colateral a un Iceta, víctima del secuestro de cualquier razón que no sea de la agenda propia. Pero, con ello, el verdadero secuestro no es ese. Este embrollo, claro, se resolverá más temprano que tarde, en una negociación que, estimo, de nuevo no presenciaremos.

*Abogado. Especialista en finanzas.