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Espectráculo

Serotonina

 

Mario Martín Gijón Mario Martín Gijón
12/01/2019

Esta semana se puso a la venta en España Serotonina, la última novela de Michel Houellebecq, cuya edición en francés había salido unos días antes. Sobre todo desde su anterior obra, Insumisión, este escritor es un fenómeno de masas. Yo lo sigo desde sus inicios, e incluso cruzamos algún correo en una época. Divergencias políticas aparte, como su desaforado entusiasmo por Sarkozy (no digamos sus últimas declaraciones a favor de Trump) lo he considerado siempre como uno de los escritores más hábiles para reflejar las contradicciones de nuestro tiempo. Houellebecq, que ha cultivado la imagen de escritor huraño, mezcla de Céline y Bukowski, es en realidad un romántico, que lamenta que ya sean imposible el amor verdadero por la banalización de las relaciones, o, al menos en Francia, la fe religiosa de quienes construyeron el santuario de la Virgen de Rocamadour.

Recuerdo una reseña de su última novela que terminaba sentenciándolo como un mal escritor, más panfletario que novelista. Sin duda su estilo es desaliñado, como lo era el de Pío Baroja, pero como en él ese desaliño trasluce una rebeldía y una autenticidad que no tienen otros autores de best sellers. Y sus personajes (al menos los masculinos: Houellebecq es incapaz de crear personajes femeninos convincentes) no son fáciles de olvidar.

El protagonista de su última novela, desde luego, no está a la altura de otros como los hermanos Bruno y Michel, de Las partículas elementales. Florent-Claude Labrouste se toma cada mañana una cápsula de Captorix, medicina ficticia que favorece la secreción de serotonina y a cambio tiene efectos secundarios como la impotencia. Florent, como el autor, tiene una casa en Almería y una pareja oriental veinte años más joven; a diferencia de él, trabaja para el Ministerio de Agricultura francés, en un sector económico condenado a la decadencia por los acuerdos de libre comercio. El conflicto tarda en arrancar, tras páginas algo tediosas sobre los recorridos de Florent y Yuzu por los paradores de España, lo que beben o lo que comen, salpicadas por insultos hacia los holandeses, ingleses o la costa vasca. Florent canta las excelencias del café Malonguo o la compañía telefónica SFR (no creo que Houellebecq cobre por ello) o expone generalidades sobre las relaciones entre hombres y mujeres.

Más que un «hombre sin cualidades» como el Ulrich de la novela de Robert Musil, Florent es un «hombre sin proyectos ni intereses» como él mismo se define. Su desinterés corre el riesgo de ser contagioso y el lector puede impacientarse ante las páginas que se dedican a describir los hoteles de lujo donde se hospeda o su constante preocupación por fumar.

Por suerte, hacia la mitad de la novela la cosa empieza a ponerse interesante, con la narración de su historia de amor con Camille, hija de unos emigrantes portugueses (siempre hay en Houellebecq una mujer perdida, aquella que podía habernos salvado) y el encuentro con Aymeric, aristócrata metido a granjero, antiguo compañero de estudios y único amigo de Florent.

En la huelga de agricultores que se describe, reprimida por la policía, algunos ven ya una premonición de los chalecos amarillos. Aunque sin duda la novela menos ambiciosa y la más deshilvanada de Houellebecq, su mera aparición añade algo a la obra de un escritor que, le guste o no a sus detractores, se seguirá leyendo en el futuro.

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