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Desde el umbral

Surfistas

 

Nunca ha dejado de asombrarme la cantidad de expertos surfistas que hay en una región de interior como es la nuestra. Que los haya en Cádiz, Vizcaya o Cantabria no es tan sorprendente, porque allí las olas se suceden sin cesar, y es lógico que muchos de los amantes de esta disciplina acaben congregándose en esos territorios para subirse a lomos de la mar. Pero que los haya en una región como la nuestra, de aguas calmas o empantanadas, ya no cuadra tanto.

Y el caso es que los expertos surfistas que se asientan en nuestra tierra tampoco es que difieran mucho de los que están aposentados en Castilla y León, en La Mancha o en Madrid. Porque lo cierto es que sus capacidades poco tienen que ver con el agua, ni dulce, ni salada. Verdaderamente, ninguno de ellos necesita que las aguas se eleven ni medio centímetro para encaramarse a la cresta de una ola que surfean con pericia sin igual: de la ola espumosa del poder.

Y no, no crean que les hablo, necesaria o únicamente, de los políticos (que también), sino de otros «profesionales» que orbitan en los círculos del poder, y que nunca pierden comba. Ciertamente, a estos equilibristas del poder hay que reconocerles su singular virtud para caminar siempre de la mano del que manda. Porque es bastante complicado cambiar de pareja de baile, al término de una pieza, sin provocar los celos o el odio de quien danzaba haciéndose a la idea de que el baile suponía algo más que una diversión (quizá un compromiso de lealtad, tal vez un símbolo de amistad, ojalá una muestra de amor...).

Y digo lo de los celos y el odio porque esos que, en el concierto del poder, van de flor en flor, siempre arrimándose al sol que más calienta, no suelen conformarse con cambiar de pareja de baile con elegancia y discreción, sino que suelen recrearse en la suerte y, habitualmente, tratan de hacer méritos de la manera más hiriente: sobreactuando, renegando del pasado y practicando el histrionismo más patético. Y esto, precisamente, es lo que les lleva a cavar su propia tumba. Porque la memoria es frágil, pero la gente no está tan tonta como ellos creen.