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El impacto del cambio climático

Transición energética y geopolítica

 

Transición energética y geopolítica -

MARIANO Marzo
13/07/2019

El tema de la energía, particularmente en lo relativo al intento de conducir al mundo hacia una economía baja en carbono, subyace a no pocas polémicas políticas de actualidad. Algunos ejemplos incluyen las reacciones suscitadas por el firme propósito de Donald Trump de dejar a Estados Unidos al margen de la aplicación en el 2020 de los acuerdos climáticos de París, las disputas en torno a las políticas restrictivas de la Unión Europea a la importación de paneles fotovoltaicos desde China, o la polémica desatada por las huelgas y manifestaciones estudiantiles para denunciar la inacción gubernamental en la lucha contra el cambio climático.

Para una parte importante de la población mundial, los beneficios futuros de la energía limpia pueden parecer muy lejanos, especialmente cuando estos se contraponen a realidades mucho más acuciantes, como la pobreza, la desigualdad o la falta de perspectivas de progreso. Y en los países más desarrollados, pese a la cotidianidad de las noticias sobre el impacto del cambio climático (en forma de ciclones, olas de calor e inundaciones) los intereses electorales de gran parte de los partidos políticos hacen que estos sigan priorizando aspectos como la defensa de los puestos de trabajo y la supervivencia de los principales sectores económicos, aunque estos sean muy contaminantes o muy intensivos y poco eficientes desde el punto de vista energético. A fin de cuentas, hoy por hoy, a la hora de depositar su voto, un buen número de ciudadanos todavía se sienten más motivados por cuestiones relativas a su bienestar, expectativas económicas, creencias y otras consideraciones ideológicas, que por el futuro del planeta.

Encontrarse estos obstáculos en el camino del cambio no resulta sorprendente y, por otra parte, también sabemos que históricamente las grandes transiciones energéticas han ido acompañadas de acontecimientos imprevistos. Así, la sustitución de la madera por el carbón durante el siglo XIX permitió la revolución industrial, pero también marginó a una amplia mayoría de la clase trabajadora, impulsando las ideas de Karl Marx y Friedrich Engels plasmadas en el Manifiesto del Partido Comunista. Con toda probabilidad, la nueva transición energética que afrontamos también será disruptiva, pero sus implicaciones geopolíticas resultan, hoy por hoy, muy inciertas y difíciles de precisar.

Diversos organismos energéticos internacionales han publicado reflexiones y datos al respecto. Por ejemplo, la International Renewable Energy Agency pronostica que los países exportadores de petróleo perderán su capacidad de influencia global, al mismo tiempo que la de los importadores se verá reforzada. Por su parte, la International Energy Agency estima una posible pérdida de ingresos de hasta siete billones de dólares, de aquí al 2040, para las economías productoras de petróleo y gas, lo que sin duda se traducirá en una creciente inestabilidad económica, social y política en dichos países, así como en un aumento de las tensiones geopolíticas regionales.

Pero esto no significa que en el futuro todo el juego geopolítico vaya a pivotar exclusivamente alrededor de los cambios experimentados por los mercados de los combustibles fósiles. La transición hacia un nuevo modelo energético descarbonizado va a requerir la explotación y tratamiento de una ingente cantidad de otro tipo de recursos minerales, destinados a cubrir una creciente demanda de determinados elementos químicos imprescindibles para el desarrollo y despliegue a gran escala de las tecnologías necesarias para la lucha contra el cambio climático.

Estamos hablando, por ejemplo, de cobre, aluminio, hierro, manganeso, grafito, titanio, así como de otros elementos menos conocidos como tierras raras, indio, galio, telurio, cobalto y litio. Sin duda, esto significa el advenimiento de un nuevo juego geopolítico para el control de la producción, transformación y comercio de tales materias primas.

Este juego ya ha empezado a aflorar con las primeras escaramuzas de la guerra comercial y tecnológica entre China y Estados Unidos. Y lo preocupante es que, en dicho juego, Europa tan solo dispone de las bazas de una confianza ilimitada en el libre comercio, amén de las promesas de aplicar la política de las tres erres (reducir, reciclar y reutilizar) y de reforzar la investigación en nuevos materiales. Un bagaje más bien escaso para afrontar con garantías las turbulencias geopolíticas asociadas a la aventura de la nueva transición energética.

* Catedrático de Recursos Energéticos