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Espectráculo

Triste historia

El hartazgo de los votantes lleva al poder a personajes generalmente nefastos

 

Triste historia -

Mario Martín Gijón Mario Martín Gijón
27/07/2019

De todas las historias de la Historia / la más triste sin duda es la de España, / porque termina mal», comenzaba ‘Triste historia’, célebre poema de Jaime Gil de Biedma, cantado luego por Paco Ibáñez.

Pertenezco a una generación que parecía haber dejado atrás ese pesimismo, algo masoquista, que comenzó en el siglo XVI (cuando nuestro país poseía el mayor imperio conocido), que se volvió obsesivo para la Generación del 98 y que se hizo irremediable tras la guerra civil.

Desde la Transición, lograda con una madurez que casi nadie esperaba, empezó a dominar una visión optimista sobre España, cuyo idioma se puso de moda en el mundo y encima empezó a triunfar en los deportes. La crisis económica puso en cuestión todo ese camino y, cuando se empezaba a salir de la misma, tomó el relevo una crisis política constante.

Hace dos días fracasó la segunda votación de investidura de Pedro Sánchez como presidente del gobierno. Si hace un año el candidato socialista lograba lo difícil, la primera moción de censura exitosa de nuestra democracia, ahora no ha conseguido lo que parecía fácil, reunir una mayoría que lo apoyara. De este fiasco, claro, son todos los partidos responsables, y lo peor es que, entre unos y otros, parecen querer dirigirnos a un destino que no apetece a nadie, como son unas nuevas elecciones generales.

Las negociaciones del PSOE con su «socio preferente» se han visto marcadas por un exceso de exposición mediática que no podía traer nada bueno. En estos tiempos de exhibicionismo, convendría recordar las ventajas de la confidencia, preludio de la confianza. Decía Pablo Iglesias que, si había unas nuevas elecciones, Sánchez nunca volvería a ser presidente. También tendría que pensar que, si las hay, es muy dudoso que ningún miembro de Unidas Podemos pueda llegar nunca a ser ministro. Han faltado por ambas partes la generosidad y lealtad que pedían sus votantes.

Por supuesto, el bloqueo lo provocaron quienes votaron ‘no’, sin que, al contrario que hace un año, haya una alternativa. El «sentido de Estado» que pide la derecha a la izquierda casi nunca es recíproco, pero habría sido un gesto que seguramente no les hubiera perjudicado tanto como ellos creen. De los pocos gestos honrosos que ha tenido en su historia el PP el mayor ha sido apoyar a Patxi López como lehendakari, ante la amenaza del Plan Ibarretxe. Si el león independentista catalán es tan fiero como lo pintan, lo lógico hubiera sido una abstención, pero no: ellos y Ciudadanos prefieren señalar a Pedro Sánchez como miembro de una «banda», apoyado por los malotes de Esquerra y Bildu.

Si finalmente tenemos elecciones en otoño saldrán todos perjudicados: empezando por el PP, al que vendrían bien cuatro años para consolidarse como alternativa; pasando por Ciudadanos y Vox, que en unas nuevas elecciones perderían votos, y por supuesto también para PSOE y Podemos: el primero consiguió un gran resultado gracias a una movilización que no se volverá a dar, y el segundo sufriría las consecuencias de no haber facilitado un gobierno de izquierdas, con más o menos ministerios.

Pero los riesgos son mayores: las personas no apoyan la democracia por genética, sino porque consideran que es el sistema que mejor sirve a sus intereses. Esa idea es hoy cuestionada en muchas partes del mundo, donde triunfan formas autoritarias, como triunfaron en los años treinta, cuando el «parlamentarismo» llegó a ser sinónimo de confusión. Ningún partido debería considerar seguros a sus votantes, pues el hartazgo lleva al poder a personajes generalmente nefastos, pero con el prestigio de ser distintos a quienes se enrocan en tacticismos partidistas.

Queda agosto para que los políticos reflexionen sobre las razones de su suspenso y vuelvan en septiembre mejor preparados.