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A la intemperie

Universitas

Ahora que van cerrando aquellas entrañables librerías…

 

Universitas -

Fernando Valbuena Fernando Valbuena
14/12/2019

Cnfieso que he vivido (a pie de librería). Bares y estrellas (de las buenas letras). Barras y estantes. Tapas (en tinta de calamar) para entendederas siempre en ciernes. En el trance de vivir, alguna amistad he hecho con camareros y libreros. Librero… ¡qué bella palabra! Calle Libreros,… Salamanca en piedra encendida. La Universidad y, dentro ella, la dicha de querer saber. Libros al fin y al cabo.

Cuando cerraron Cervantes, mi vieja librería salmantina, me cerraron un pedacito de juventud. Subir y bajar por sus escaleras, viajar de dentro de uno mismo a los adentros de los demás; como marcopolos, arrostrando peligros entre letras con su propio aliento. Estrechas escaleras, vericuetos del gozo. Librerías de librero, librerías en extinción…

Universitas se le parecía. Al llegar yo a Badajoz me dio amparo. Saberme cerca de una librería calma mi espíritu en obras. Pero es más. Universitas ha bendecido a Badajoz con su altiva presencia. Badajoz ha sido Badajoz, entre otras alcurnias, por ser hija de Universitas. Hija, ahora, huérfana. Orfandad, sin hache, sin amor. Sin faro.

De niño mi primera librería se llamaba Minerva. ¡Minerva se tenía que llamar! Los mostradores (tenía tres) eran descomunales; aún de puntillas tenía de mirarlos como quien mira a las estrellas. Barras y mostradores. Muy cerca de Minerva estaba El Jarrón, un pequeño bar en una travesía oscura. Me acuerdo de la tortilla de patatas, me acuerdo de mi padre regañándome por untar el plato y me acuerdo del olor a goma de nata al que olía Minerva. Y de sus tres dependientas. De su escaparate (a mis ojos deslumbrante) y del primer día que entré, yo solo, cual hombrecito, a comprar una goma de borrar. ¡Templos!

En Madrid transité por librerías de viejo entre barruntos de derrumbe (anaqueles dispuestos a sepultarte al primer mal paso). Modestas casetas en Claudio Moyano (Baroja de por medio). Librerías de lustre (las menos). Humildísimas (las más). En Badajoz han naufragado las librerías de viejo, pero de sus capitanes guardo la voz de mando. Libros idos, que nadie leerá. Libros como termitas cercándome, comiéndome las hechuras en mi propia casa. Porque una casa sin libros es un pudridero donde el invierno mata y los veranos son largos (y mortales) como el tránsito del desierto. No sé qué será de mis libros. Ya voy haciendo (desesperanzado) lotes para cuando muera.

Este verano leí ‘Rialto, 11’, de Belén Rubiano. La historia de sí misma, una librera enfrentada a sus tristes destinos, o sea, al cierre. A bajar la trapa. Tengo una Parker Rialto. Mi padre usaba siempre Parker. Por eso uso Parker, porque es volver a vivir. ‘Rialto, 11’, una joya tras cuya pista me puso Juanma Cardoso, otro que baila letras. Creo que el libro lo compré en Universitas. Allí navegaba José María Casado, librero de perfiles marineros; cual si Alberti hubiera varado su barquito de papel entre dehesas. Y todos los demás (los vivos y el muerto). Gracias a todos. Gracias a todos los libreros que en el mundo han sido. Quizá torero… Torero tal vez... Pero después librero. Si Dios me hubiera dado valor y entendederas. Ser librero es una manera excelsa de ser y de estar en el mundo.

A fin de mes cierra la última bodega que en Salamanca aún despacha vino a granel. Cierra como cerró Cervantes. Se muere con las tinajas de barro puestas. Seguiremos bebiendo vino, pero nunca como -ni con quien- allí lo bebimos. Deo volente, en el local de Universitas abrirá un comercio de libros. De todas las desembocaduras, la menos mala. Pero Chema ya no estará. Esther tampoco. Esto debe ser como cuando te mudan de parroquia al cura. Otro vendrá. Otras golondrinas volverán, «pero aquellas que aprendieron nuestros nombres… esas… ¡no volverán!». Ni aquellos templos que olían a papel, a goma de nata y al niño deslumbrado que fuimos. José María y Esther,… ¡puerta grande para dos príncipes de las letras!

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