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Nueva sociedad, nueva política

La vida por detrás

La España del siglo XXI ya no tiene la vida por delante, ni alrededor, sino por detrás

 

La vida por detrás -

Los dos dípticos cinematográficos sobre la sociedad franquista se solaparon en 1959. Fernando Fernán Gómez comenzó el suyo en 1958 con ‘La vida por delante’ y lo terminó en 1959 con ‘La vida alrededor’; ese mismo año, Marco Ferreri lo empezó con ‘El pisito’, y lo finalizó en 1960 con ‘El cochecito’. El segundo díptico se anuncia en una frase de Josefina, la protagonista de ‘La vida por delante’: «Estamos a punto de pagar el pisito y el cochecito».

Las dos películas de Ferreri, con guiones de Rafael Azcona, son más aceradas, más mordaces, más ideológicamente críticas. Las de Fernán Gómez son más «limpias» -incluso fotográficamente más claras-, pero su retrato social también contiene una importante carga de profundidad, volcada especialmente sobre la hipocresía generalizada.

Fernán Gómez, director, guionista e intérprete, reflejó en sus dos películas la bisagra social entre la desolación de la España de posguerra y el nacimiento de la llamada «clase media», propia del desarrollismo franquista, cuyo gozne cronológico podría situarse en ese mismo 1959 con el Plan de Estabilización que acabó con la autarquía.

Para entenderlo mejor desde el presente, podríamos decir que este díptico sería algo así como el «Cuéntame cómo pasó» de la época, de manera que Fernán Gómez encarnaría al español medio que representa hoy Imanol Arias: ni demasiado tonto ni demasiado listo, ni totalmente honrado ni un villano, ni valiente ni cobarde, ni moderno ni anticuado. Una especie de pedazo de arcilla sobre el que todo podía ser moldeado.

De alguna manera, el rostro del intérprete Fernán Gómez se parece mucho a eso: una estructura flexible que adquiere la forma de cada emoción mediante una extraordinaria expresividad. A medio camino entre el ingenuo cura de ‘Balarrasa’ (José Antonio Nieves Conde, 1951) y el hombre bueno que también puede ser malo en su tercer filme como director, ‘El malvado Carabel’ (1956), el actor ofrece toda una gama de impresiones en las que se podía reflejar el español medio: el ceño fruncido de incomprensión, la frente arrugada de indiferencia, tristeza o acobardamiento, los ojos como platos de miedo o sorpresa, la amplia sonrisa forzada o el rictus de enfado fingido.

La realidad española de la época va pasando por la cara del actor como había pasado por su vida: «(...) muy deprisa, muy deprisa, muy deprisa (...) y así me pagasen más, más, cada vez más, para comprar un piso de los poquísimos que entonces había (...) y a mantenerme a mí y a la chica rubia (...) necesitaba más dinero (...)». Estas palabras, recogidas de su magnífico libro de memorias, ‘El tiempo amarillo’ (2015: 283), hablan de su vida y de María Dolores Pradera, con la que se casaría dos años después, pero podrían ser las de Antonio sobre Josefina en su díptico de finales de los cincuenta. Curiosamente, la rubia de las películas, Analía Gadé, acabaría por reemplazar en la vida real a la rubia de sus memorias.

Hay una escena de ‘La vida alrededor’ que, de alguna manera, conecta con la España contemporánea. Antonio, frente a un espejo, nos cuenta que su hijo pequeño, de repente, «No sé por qué extraño capricho de la naturaleza, andaba solo para atrás»; en la escena siguiente, Josefina, en el parque, le dice a Antonio que le parece raro, pero este responde que no tanto: «Avanza en la vida exactamente igual que su padre».

Esa escena contiene lo que podría ser el germen de una tercera parte escrita en la actualidad: ‘La vida por detrás’. Este final de una trilogía inexistente explicaría cómo la España del siglo XXI ya no tiene la vida por delante ni alrededor, sino solo por detrás. Solo queda ese «tiempo amarillo» que tituló las memorias de Fernán Gómez, extraído de «El rayo que no cesa» de Miguel Hernández: «(...) Algún día / se pondrá el tiempo amarillo / sobre mi fotografía».

El papel del enfadado permanente del último Fernán Gómez era tan impostado como la inocencia de sus personajes: «He cultivado mucho este mal carácter, esta antipatía, la he cultivado para que no me dieran la lata». Algo así ocurre con el español medio contemporáneo, cuya paciencia infinita es tan etérea como su aparente enfado momentáneo, de manera que uno nunca sabe si está ensimismado mientras llega el tiempo amarillo, o a punto de encolerizarse para revertirlo.