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Soliloquios

Vinos

 

Juan Jiménez Parra Juan Jiménez Parra
10/06/2019

Estás sentado junto con tu pareja a una mesa de un restaurante de postín. El camarero os ofrece una carta para que vayáis decidiendo los platos que vais a degustar. Tú le das un vistazo rapidísimo a los entrantes, pescados y carnes, y te vas a los vinos. Eres de los que no perdona una comida sin un vino que te guste. No sabes si bueno, malo o regular; simplemente, que te guste. La carta ofrece una extensa lista de vinos de distintos tipos y denominaciones. Hay varios que conoces, sobre todo Riberas de Guadiana. Eliges uno sencillo, que sueles beber con frecuencia cuando alternas de bar en bar con amigos. Seguramente si hubieses pedido un Ribera de Duero, o un Rioja, o un Valdepeñas, también tu hubiese gustado. Pero el temor a lo desconocido, y el amor –por decirlo así- a lo que se produce en tu tierra, hace que te decidas por ese vino sencillo, de una bodega de las muchas que existen en Extremadura y que, por desgracia, se conocen muy poco fuera de Extremadura.

Vino, primeros platos y segundos platos quedan pedidos. En poco más de cinco minutos el camarero se presenta con la botella de vino. La descorcha y escancia el vino con en tu copa. No te pregunta quién va a catar el caldo, si tu pareja o tú. Suele ocurrir que se ofrece la degustación del vino al hombre. Bebes y asientes para dar tu aprobación sólo porque te gusta el sabor, nada más. Hay quien mira la copa al trasluz, inclina el vaso, remueve el líquido para comprobar su densidad sobre el cristal, bebe y retiene el vino en su boca, traga y deja de nuevo la copa en la mesa. Todo esto realizado con parsimonia y concentración, para darle más empaque al asunto. Tú no sabes de vinos ni tampoco trasmitir que sabes; y por ello te sientes un tanto ridículo, pero hay que seguir el protocolo.

Últimamente en el mundo de los vinos hay mucha tontería y esnobismo. Mucho sabihondo que no opina al dictado de su paladar, sino de lo que le meten en la cabeza. Si se hiciera un estudio entre muchos bebedores ‘entendidos’ a los que se diera a catar a ciegas vinos de varias bodegas, cuántas sorpresas nos llevaríamos. De paladares está el mundo lleno, y cada uno es único, personal e intransferible, como el DNI

   
1 Comentario
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Por juan de la vera 12:08 - 10.06.2019

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Un gran nólogo y experto catador francés, (Pascal Frissant) decía en un seminario y con mucha razón que siempre sería mejor catador un poeta que un golfo, porque era capaz de emplear el vocabulario para explicar sus sensaciones con más matices. Las catas a ciegas son la base misma de la clasificación gustativa de los vinos, y, si hay mucho dilettante que lo único que hace es aprender los términos y gestos, también es cierto que la finura de los matices descriptivos de las sensaciones producidas por un buen vino en el caso de catadores , como nuestra paisana Maria Isable Mijares de Pelayo, son capaces de detectar aromas y sabores de una gran variedad y de una sensibilidad remarcable