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Carta al director

El voto de la discordia

 

Araceli Palacios Alfonso

Zahínos (Badajoz)
23/05/2019

Aquel noviembre de 1933, Jacinta se puso el delantal nuevo y se atusó el peinado. Algo nerviosa, pero decidida, agarró el papel hecho cuatro dobleces, y salió por la puerta falsa. Era la primera vez que votaba. En la desbordada entrada del salón del ayuntamiento, cuchicheos escoltaban cada paso de Jacinta. Miradas curiosas le tejían telarañas alrededor. Ella esperaba algo así. La situación era peliaguda.

Al fondo, dos urnas. Detrás de una su marido (de izquierdas) y, detrás de la otra, su hermano (de derechas).

Jacinta tragó saliva y aceleró el paso. El silencio adquirió entonces la consistencia de una pared de hormigón. Cuando, papeleta en mano, llegó a la altura de las urnas, sus ojos inquietos de gata brava, se traspasaron, alternativamente, a los dos hombres. La concurrencia aguantaba la respiración para no perderse la incómoda decisión de la mujer, que, en el último momento, parecía dudar. De pronto, Jacinta creció dos cuartas y con pose de banderillero, enarboló la papeleta por lo alto y... la introdujo en la urna de su hermano. Un murmullo creciente inundó la sala, a lo que Jacinta replicó con coraje: «Qué pasa, mi marido pa mí es como una dentadura postiza y mi hermano es de mi sangre. ¿Qué queríais, que dejara al que me corre por las venas plantao? ¡Pos no!». Y dando media vuelta, se fue con viento fresco a abrir el bar que regentaba con mano de acero.

Esta que acabo de contar es una historia familiar que me vino a la memoria cuando escuché en la tele algo muy curioso. Un padre y un hijo se presentan en las elecciones municipales de un pueblo de Valencia. Hasta ahí parece normal. Pero el paquete es que ¡los dos compiten por ser alcaldes!

No sé a quién de los dos se decidirá a votar la mujer y madre, respectivamente, de los candidatos. En cualquier caso, esa mártir, el día de las elecciones, necesitará tener tantos arrestos como mi bisabuela Jacinta, o bien un bidón de tila inyectada en vena, porque que la discordia está servida en su casa, lo cantan los hasta niños por la calle. No a la mina de uranio.