+
Accede a tu cuenta

 

O accede con tus datos de Usuario El Periódico Extremadura:

Recordarme

Puedes recuperar tu contraseña o registrarte

 
 
 
   
 
 

Fuera de trama

Yo no leo a mujeres

 

Esa frase, que suena más propia de épocas pretéritas, la he escuchado de labios de colegas escritores en más de una ocasión. A veces en plan confidencial tras unas copas, otras con todo el descaro frente a una audiencia. Un miembro del jurado de un prestigioso certamen llegó a admitir sin escrúpulos que los libros de autoras finalistas los leía entre líneas, y eso en el caso de que se tomara la molestia de abrirlos. Con esos mimbres, cómo sorprendernos al constatar que los grandes premios literarios siguen de forma abrumadora en manos de los hombres (el 82% de los galardonados con el Nobel de Literatura o el 86% de los premios del Ministerio de Cultura, sin ir más lejos).

En 2016 los organizadores –y organizadoras– de un festival de novela negra, haciendo suyo el hastío de muchas escritoras al ser las eternas finalistas, decidieron convocar un premio exclusivo para las féminas. Esta iniciativa permitió a autoras consagradas procurarse al fin un galardón, si bien, al crear una liga diferente para las mujeres, se veían obligadas a aceptar que no podían competir con sus colegas masculinos (aunque por razones muy distintas al mérito y la capacidad).

Un amigo me confesó una anécdota curiosa. Durante años regaló libros a una pareja de su familia. A él le hacía llegar obras sesudas, mientras que dejaba para ella las más ligeritas. Hasta que mi amigo se dio cuenta de que la mujer leía las que regalaba a su marido y aparcaba las otras en un rincón de la estantería. Esa idea, pocas veces reconocida de forma tan honesta, es la que subyace en muchos también a la hora de escoger un libro para disfrute propio. Se da por hecho que un nombre masculino en la portada será sinónimo de mayor talento y solvencia.

No es casual. En la educación reglada aún son muy poco visibles las autoras, pero es que cuando la mayoría de nosotros estudiábamos Literatura la mención a una escritora era poco menos que anecdótica. Si nos educan en que el universo literario lo conforman los hombres –y no hablemos ya del canon que todo lo rige–, es lógico que les demos a ellos más valor. De ahí la iniciativa, surgida hace ya cinco años, de crear un Día de las Escritoras, conmemoración que trata de combatir la discriminación histórica recuperando el legado de las mujeres y dando a conocer las obras actuales, y que ha prendido la mecha de las redes sociales con gran repercusión.

Hay un pasaje de mi novela Progenie que ha sido muy comentado. En un interrogatorio entre la inspectora de Homicidios Camino Vargas y el presunto culpable del asesinato de una joven escritora, ella le lanza la pregunta: «¿Es de los que no leen a mujeres?». Él contesta muy ofendido espetándole una sarta de nombres: «Margaret Atwood. Alice Munro. Clarice Lispector. SueGrafton. Fred Vargas. ¿Quiere más?». Al replicarle que no sabe quiénes son, el sospechoso se lo afea, a lo que Camino contesta con su socarronería habitual que es ella quien no lee a mujeres: «Me aburren, son demasiado emocionales».

Eso, justamente, es lo que permanece en el subconsciente de muchos. Las mujeres escriben sensiblerías, cosas de «su» mundo. Los hombres son los que narran «el» mundo. Porque cuando Cesare Pavese o Karl Ove Knausgård exponen su vida y sentimientos es literatura universal y cuando lo hacen Carmen Laforet o Sylvia Plath todo queda reducido al muy acotado género de la literatura intimista.

Les sugiero algunas autoras a las que he descubierto con sumo placer este año y que son de todo menos «sensibleras»: Dolores Reyes, Tatiana Țîbuleac, Hannah Kent, Sara Jaramillo Klinkert, Elisa Victoria, Alba Carballal. No sé si llegarán a conformar el canon o permanecerán en sus márgenes, pero yo de ustedes no les perdería la pista.

Con ellas finalizo esta primera columna para El Periódico Extremadura, en la que me cambio por unas horas el traje de novelista y escapo de mis tramas laberínticas para asomarme a esa otra vida, la de carne y hueso y problemas que no se resuelven atrapando al delincuente, porque aquí no hay varitas ni teclados mágicos pero sí mejores horizontes que perseguir.

Por cierto, el nombre que da título a la columna, Fuera de trama, se lo tomo prestado a una descacharrante novela de Gabriel Noguera, muy loca y muy poco realista, que recomiendo efusivamente (sí, también leo a hombres). 

*Escritora