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Por un premio, vivo o muerto

 

TLtos premios sirven para mucho. Ayudan a darse a conocer, a que te reconozcan, impulsan la carrera profesional, te ponen en el 'foco' y sobre todo reconfortan a la familia del que la vida no le permitió estar presente en su noche de gala. Hablamos de los premios póstumos. Gusto y amargor con el que se suben al escenario entre aplausos mujer, hija, hermana o amigo para conseguir lo inexplicable: lágrimas y reivindicación en igual intensidad. Con razón o no, pero no me negarán que consiguen que el amargor se lo lleve el público y el dulce les empape al saborear su minuto de gloria, con esa satisfacción que otorga el pataleo dialéctico.

Estarán conmigo en que elegir el día de un premio para esas pequeñas puyas personales descoloca al público con esos agradecimiento llenos de advertencias al personal, y es que no hay premio póstumo sin reivindicación, ni premiado sin chapa.

Esta reflexión viene a colación del Giraldillo de la XVIII Bienal de Flamenco que este año ha recaído en su 'Ciudad de Sevilla' en Enrique Morente y Juan Peña 'El Lebrijano'. Desconozco si hubo lágrimas, reproches o vítores irreprimibles por parte de sus familiares pero de lo que si estoy segura es que habrá habido espectáculo. Porque el artista nace, es y perdura en el tiempo como su legado, y la familia lo sabe.

Quizás por eso a la muerte de Enrique Morente, Federico García Lorca quiso acercarse a presentarle sus respetos en el llanto desconsolado de su hija Estrella convertida en una hija más de Bernarda Alba.

Rodeada de la familia de riguroso luto, iluminados por la luz de una vela el cante de la hija mayor de Morente premió al padre con el mayor de los galardones: el de haber convertido un sepelio en otro espectáculo. Otro premio póstumo. Show must Go on .