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«Agredir o matar a un periodista en México sale gratis»

 

«Agredir o matar a un periodista en México sale gratis» - FERNANDO R. GONERA

MARCOS PALICIO
10/12/2019

Ya está confirmado antes de que termine: 2019 va a ser el año con más periodistas asesinados en México. Van trece y «nadie es inmune al miedo» cuando uno mismo ha sobrevivido a un atentado y elige seguir ejerciendo en el país más peligroso del mundo para ser periodista. Adrián López, director general de Noroeste, un periódico regional del estado de Sinaloa con casi la misma antigüedad y asiento geográfico que el cártel más peligroso del mundo, empezará por normalizar en lo posible la imagen del periodista amenazado. Ni chalecos antibalas ni armas bajo las almohadas. Ingeniero industrial trasplantado en la industria periodística, sí cuenta que en México hay que esquivar las «balaceras» casi tanto como la impunidad de los criminales, pero se esfuerza por situar su guerra principal en torno a las complejidades del periodismo reinventado en el universo de la digitalización.

En ese contexto ensuciado por la retórica del narco y la libertad de expresión acorralada, Noroeste presume de ser el primer medio regional del país con edición digital de pago y a la vez de resistir, toca madera, sin compañeros asesinados. Y eso que en Google, al teclear Sinaloa sale antes el cártel, la organización criminal fundada por el Chapo Guzmán, que la referencia geográfica. Esta semana, López ha contado su experiencia en las jornadas Claves 2020, organizadas en Madrid por la Asociación de Medios de Información (AMI).

–Explíquele su entorno de trabajo a un colega que ejerce el periodismo en paz, o que al menos no debe temer por su vida.

–Me cuido mucho de no enviar el mensaje de que hacemos periodismo con un chaleco antibalas y un arma bajo la almohada. En parte, toda esa mitología no ayuda a comprender las complejidades de la situación. En México, la mayor parte de los medios lidian con varios grandes problemas, y el gran reto como organizaciones es el mismo que existe en todo el mundo, cómo transformamos nuestros modelos de negocio o qué hacemos con la digitalización. Luego está una de las particularidades de México y es el riesgo en el que se encuentra la libertad de expresión. Somos el país más peligroso para ejercer el periodismo en el mundo, y lo digo por el dato de periodistas asesinados, trece este año, que ya es el que más muertes ha contabilizado.

–¿Qué pasa? No es solo el narco...

–Pasa que además la impunidad es prácticamente absoluta. Agredir o matar a un periodista en México sale gratis. El país tiene una estructura para paliar eso, una copia del mecanismo de protección colombiano, pero con la diferencia de que en Colombia funciona y en México no. El sistema tiene muchos periodistas bajo su resguardo, pero cuando logra salvarles la vida los desplaza. Los saca de la ciudad y ya no pueden ejercer ni tener una vida digna. Pero hay aún otro problema para la profesión en el país, un contexto de censura indirecta que el sistema político mexicano utiliza para controlar a los medios a través de la publicidad oficial. Peña Nieto fue el presidente que más gastó, 62.000 millones de pesos en seis años asignados de manera discrecional, sin reglas claras, dando básicamente la mitad a siete medios del país, a los más grandes, y pese a ello terminó su mandato con la peor valoración de la historia.

–¿Sinaloa es un entorno especialmente hostil?

–Nosotros jugamos en esos contextos, con gobernadores que usan sus presupuestos de publicidad oficial para premiar o castigar, y en nuestro caso con el agravante de que somos coterráneos del cártel más fuerte del mundo, con el que hemos lidiado prácticamente en lo que tiene de vida Noroeste, que son 46 años. Lidiamos por un lado con los retos de cualquier organización mediana, con 350 empleados, que tiene que gestionar su cambio y transformarse, y al mismo tiempo tratamos de mantener el periodismo que nos gusta y nos distingue, un periodismo riguroso y de calidad en un contexto de mucha presión por clickbait en el que el tema de los narcos y la violencia siempre es un recurso muy socorrido.

SEnDHay periodistas mexicanos que resumen la situación diciendo que es más peligroso informar o investigar un crimen que cometerlo. ¿Sí?

–Lo que sí es cierto es que en México tenemos una libertad de expresión muy amplia en unos niveles y completamente acotada en otros. Todos podemos discrepar, decir o mentar madres en redes… Hasta que quieres hacer periodismo que realmente investigue y pise callos, y toque intereses. Lo que nosotros hemos aprendido, y también está documentado, es que el 60 o 70% de las agresiones viene del poder político, no del crimen organizado. Normalmente, quien te agrede es el político y en muchos casos imitando el modus operandi o haciendo un pacto con el crimen organizado.

–¿Una empresa fuerte puede ejercer como paraguas protector, esa es una de las estrategias?

–Nosotros hemos conformado empresas con una cierta fortaleza institucional, capaces de cuidar a sus periodistas y nos ha funcionado. En primer lugar porque si logras institucionalizar tu organización, independientemente del tamaño que tenga, hasta un punto en el que tienes claridad en tu propósito y en tu periodismo o referentes éticos de rendición de cuentas, eso queda claro para todos, incluso para tus agresores. Yo no publico los mensajes que el narco deja en las calles. No los transcribo. Yo no utilizo el lenguaje del narco, no digo «ejecutado», «levantado»…

–¿El debate que tuvo España con la retórica terrorista de ETA?

–Así es. Y nosotros también nos preguntamos hasta dónde se debe informar, dónde parar... Son dilemas complicados. Pero tenemos claro que no queremos ser parte de esa narrativa, y de alguna manera ellos también lo saben, o lo han ido entendiendo. Hubo que socializar todo esto con la sociedad civil, le explicamos por qué íbamos a publicar qué y qué no. Y ahora, en épocas de clickbait, con mucho rumor, muchas noticias falsas y mucho material que circula vía redes sociales, tenemos un lema que dice «nosotros no publicamos primero, publicamos mejor». No vamos a divulgar de inmediato el vídeo que nos llega, antes lo validamos...

–¿Cómo hacen que sus profesionales se sientan seguros?

–Hay otra vía que tiene que ver con esa fortaleza institucional y con cómo capacitas a tus periodistas. Nosotros hemos sido muy agredidos en algunas épocas, sobre todo en 2014, pero todas las agresiones las denunciamos ante la Fiscalía, las denuncias las puso la representación legal de la empresa para evitar presiones sobre la persona agredida... No diré que es la fórmula, eso no nos ha blindado frente a las agresiones, hemos sufrido desde palizas y robos hasta balazos, pero hasta ahora no tenemos ningún periodista asesinado.

–Usted mismo sufrió un atentado en 2014. ¿Tiene miedo?

–Sí, obviamente. Nadie es inmune a eso. Pero incluso en ese año, que fue muy difícil, intentamos aprender lo máximo posible.

–’Noroeste’ se ha lanzado al pago digital antes que casi nadie en su país.

–Llevamos un año y tres meses, pero estamos contentos. Llevamos 3.000 suscriptores, la meta a cinco años son 30.000 y hemos aprendido mucho. La primera lección, que debimos haber empezado antes, porque esto es un aprendizaje y una carrera de largo plazo. También porque alinea cosas dentro de la redacción. Cuando tienes la certeza de que no estás persiguiendo clics, likes o caras sonrientes a costa de lo que sea, sino suscriptores reales, empieza a quedar muy claro qué clase de contenido tienes que producir. Porque son los propios lectores los que te lo dicen, los que te dejan claro por qué sí pagan. Pero hay más lecciones.

–¿Cuáles?

–Hemos visto que ser un medio local es una ventaja, nos permite tener claro a quién le queremos vender. También hay un valor intrínseco y un cierto orgullo en la redacción por saber que tu contenido no se regala.

–El futuro de los medios exige conjugar el deber con el negocio y la función social con las apetencias del público. ¿Cómo lo hacemos?

–No digo que siempre hagamos lo que la gente quiera, hay noticias que aunque sepas que no van a ser las más populares siempre tienen que estar. Pero sí volver a escuchar a la gente, qué necesitan. Lo importante es que ahora sí tenemos datos.

–¿Es esta crisis una oportunidad para reinventar el periodismo?

–Una de las obligaciones que impone una disrupción así es la de repensar tu modelo. Suscribirse a un periódico impreso cuesta probablemente tres veces más que a uno digital y lo que recibe a cambio es mucho más abundante. El gran ganador es el lector. Ahora, ¿queremos darle periodismo o, como se dice ahora, contenido? Porque hay una diferencia fundamental de método. Ahora, en México, el simple contenido es muy tentador asociado a la violencia. A una balacera donde matan a ocho personas le puedes sacar todos los clics que quieras si no tienes ningún rigor y te animas a subir las fotos o los vídeos tal cual. Pero la pregunta es si quieres eso, si esa es a la larga tu apuesta. La disrupción digital nos obliga a reinventarnos, pero las disrupciones tienen ganadores y perdedores. Y a la larga son los medios tradicionales, y no los nativos digitales, los que están ganando la batalla. En algún momento el Huffington Post tuvo más tráfico que el New York Times, pero eso no va a volver a pasar nunca. Si somos buenos y hacemos el trabajo, los tradicionales podemos trasladar el posicionamiento de nuestras marcas a las nuevas plataformas. Mi ventaja es que yo no tengo que explicar quién soy, llevo 46 años en mi comunidad.

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