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(los fantasmas de la) CALLE SUR

Alfonso Sánchez Rubio

El artista extremeño ha dejado para el recuerdo un cartel de bandera. Rosas y espinas. Como la vida. Como el toreo.

 

Alfonso Sánchez Rubio - OBRA ‘WALKING’, DE ALFONSO SÁNCHEZ RUBIO

Fernando Valbuena Fernando Valbuena
03/03/2019

Alfonso es uno de mis fantasmas favoritos. Una de esas personas de las que se aprende en cuanto te roza. Él no ve como vemos los demás, al menos, los más de los demás. Él ve más allá. Ve con otros ojos, con ojos de artista. Quizá por eso, y por cierto aire adolescente a sus sesenta años cumplidos, se asoma hoy a esta contraportada.

Ayer fue su cumpleaños. Sesenta años y Alfonso sigue siendo un artista adolescente. Artista de siempre, adolescente desde un poco después. Las dos caras de la misma moneda. Su cartel de Olivenza 2019 lo demuestra. Hay que estar muy vivo para alumbrar un cartel tan bello, tan fresco y tan radical. Un toro bravo con una flor en el pelo por la gracia de Dios.

Alfonso no es un taurino al uso. Ni siquiera un taurino. Sin embargo, le he oído hablar de toros con una luminosidad sorprendente. Habla de toros con cierta distancia pero, al mismo tiempo, con inusitada hondura. Todo envuelto en misterio, porque el arte, es siempre misterio. El toreo es tener un misterio que decir y decirlo, sentenció Rafael el Gallo, y sentenció bien. Pero yo diría más, todo arte es tener un misterio que decir y decirlo. Alfonso le tiene cogido el misterio al toro. Colar a Paul Klee en el cartel de Olivenza es de traca. Paul Klee transmutado en toro, con una flor en el pelo y cercado de espinas. Alfonso, desde sí mismo, rebuscándose dentro, ha traído a los toros toda la hombría incierta del pintor alemán. Le ha vestido de toro y, de paso, les ha abierto las puertas de la plaza a todos los que son ajenos al misterio del redondel sagrado. Ahí donde revolotean juntos el arte, la tauromaquia, el artista, el hombre, el torero, el toro y, apretándolo todo, el misterio.

Alfonso, a sus sesenta años, sigue revoloteando. Jugando. Cada una de sus obras es un juego delicioso. Sigue entregado a su verdad, la que está en camino. Camino de Nueva York, Tokio o Amsterdam; y vuelta. Alfonso es un extremeño de ida y vuelta. Nacido en Trujillo, vecino de Badajoz, extremeño en todo caso. Extremeño de conquista.

En la cartelería taurina hace años que se perdió el oremus. Al menos desde que los cánones de Carlos Ruano Llopis se agotaron. Ruano mandó durante casi cincuenta años, el tiempo que va de los treinta a los ochenta. Él estableció el arquetipo. Ese cartel que tienen ustedes en su cabeza, el de siempre, o es de Ruano o a Ruano imita. Luego decayó la regla y, con diversa fortuna, vino todo lo demás. Obras excelsas junto a solemnes patochadas. Esta misma temporada hemos tenido ejemplo de las últimas. La cartelería taurina está buscando sus cauces. Desbrozando caminos. Está de conquista. Pero no todo vale. El cartel tiene que expresar la verdad violenta, universal y tremendamente humana que late en la Fiesta. Muerte y resurrección. Hay que compartir la revelación del arte. Incluso su rebelación. Lo han intentado con suerte dispar artistas notabilísimos como Sorolla, Picasso, Dalí o Miquel Barceló. Hasta el mismísimo Rafael Alberti se atrevió. Y también Alfonso Sánchez Rubio, un bravo que tituló «Young and dangerous, the last corrida» una de sus exposiciones neoyorkinas, que para todo hay que tener bemoles.

Alfonso se encargó de la exposición sobre Manolete, abierta en Córdoba en 2017 con motivo del septuagésimo aniversario de la muerte del torero. La puesta en escena fue magnífica. Ahí descubrí el sentimiento con que Alfonso se entrega a su obra. Charlar con él sobre Manolete fue alimentar una misma devoción. Aprender de él, y lo que es aún más importante, tratar de aprehenderle la mirada con que mira; esa manera suya tan sutil, inteligente y libre de ver la tauromaquia.

Pero Alfonso tiende a escaparse. Tal cual la foto que ilustra estas líneas. Lo suyo es un aire en paso. No ha querido que se le viera la cara. Quise mandarle al fotógrafo del Periódico Extremadura, pero prefirió enviarme él una foto de su propia vendimia. Ha querido darle todo el protagonismo a su obra y taparse a sí mismo. Como si su vida interior estuviera aún pendiente de desatarse. No sé cómo será su obra futura, ni qué será de nosotros, pero ha dejado para el recuerdo un cartel de bandera. Rosas y espinas. Como la vida. Como el toreo. Nos vemos en Olivenza. Cuatro corridas de toros y dos novilladas. Del jueves al sábado próximos. No olviden reservar. Rosas y espinas, la única verdad, dentro y fuera de los ruedos. Paul Klee. Alfonso Sánchez Rubio.

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