El adelanto de una hora que deben acatar todos los relojes de la Unión Europea a las dos de la próxima madrugada atenta más intensamente contra los ritmos biológicos humanos que el que sucederá en la noche del último fin de semana de octubre, cuando se vuelvan a atrasar los 60 minutos que perderemos ahora. Así lo demuestran los estudios del Grupo de Cronobiología de la Faculdad de Farmacia de la Universidad de Barcelona, que dirige Antonio Díez Noguera, cuya principal conclusión, puntualiza, es que la repercusión del cambio horario resulta en ambos casos leve.

La función del horario de verano, decretada en España por el Ministerio de Industria, es propiciar el ahorro en el consumo de luz eléctrica e intentar que un atardecer más largo con iluminación natural favorezca la vida social, el ejercicio al aire libre y la salud, describe el argumento oficial. Pero la obtención en una sola noche de todas esas ventajas tiene alguna contrapartida fisiológica, que se suma al desajuste espontáneo y constante que ya existe a diario entre los ciclos internos del cuerpo humano y los relojes: una convención pactada de 24 horas exactas.

Si a un individuo lo dejan en una cueva o en un búnker, aislado y sin referentes externos, mantendrá un ritmo cíclico diario en el que sin necesidad de reloj pautará los tiempos de comer, trabajar, divertirse y dormir. El tiempo invertido en todo eso, explica el doctor Díaz Noguera, será de 24,7 horas. El descanso coincidirá con las horas sin luz, porque en ese periodo del ciclo, el más calmado, es más fácil segregar las principales hormonas imprescindibles para la vida.

"Aunque nuestra tendencia sería levantarnos cada día un poco más tarde, todas las mañanas nos obligamos a poner en hora los centros cerebrales que regulan nuestro reloj interno --afirma Díez Noguera--. La próxima noche, el esfuerzo de adaptación será mayor porque el día no solo no tendrá 24,7 horas, sino que será de 23 exactas".