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Relevo excepcional en la Santa Sede Días decisivos

Conservadores contra ultraconservadores

El cónclave para elegir al sucesor de Benedicto XVI será un pulso entre pragmáticos e inmovilistas. El aperturismo ha perdido influencia con la muerte de Martini y los nombramientos de Ratzinger

 

JOSEP SAURI
01/03/2013

La influencia de la edad y la salud en la decisión del papa Benedicto XVI de renunciar no puede soslayarse, sin duda. Pero su gesto, efectivo desde las ocho de la tarde de ayer, cuando ya descansaba en su residencia provisional de Castelgandolfo, supone también "el reconocimiento de un fracaso, del agotamiento de un modelo de gobierno de la Iglesia", sostiene una veterana fuente vaticana.

El rumbo que dio a la barca de Pedro en el último cuarto del siglo pasado su antecesor, el papa Juan Pablo II --con Ratzinger en la sala de máquinas primero, como guardián de la ortodoxia, y al timón después--, la alejó del espíritu del Concilio Vaticano II (1962-65) con un giro eminentemente conservador y tradicionalista en lo doctrinal y renunciando a deshinchar el poder hipercentralizado de Roma. El balance es desolador. Por las iglesias, los seminarios y los conventos vacíos (muy especialmente en Occidente), por la pérdida de influencia social y política y por la consolidación del oscuro poder de la curia vaticana.

 

LA "SUCIEDAD" En este último aspecto, después de que hace casi ocho años, al ser elegido, Benedicto XVI se fijara como prioridad acabar con la "suciedad" que anidaba en la Iglesia, el famoso informe de los tres cardenales habrá ofrecido al ya papa emérito estrepitosas constataciones del maltrato al sexto y al séptimo mandamiento (no cometerás actos impuros y no robarás), pero probablemente muy pocas sorpresas.

"Difícilmente la Iglesia podrá afrontar los desafíos del siglo XXI sin una descentralización del poder y otra forma de ejercer el pontificado", afirman sin tapujos fuentes diplomáticas ante la Santa Sede. De lo primero, la colegialidad, el refuerzo del papel y la autonomía de las diócesis en detrimento de la maquinaria vaticana, ya hablaba el Concilio Vaticano II; lo segundo llegó a plantearlo en una encíclica el propio Juan Pablo II.

 

PUÑETAZO EN LA MESA Pero en estos años se ha caminado más bien en la dirección opuesta. "La curia se ha excedido en el ejercicio de sus poderes. Ha despreciado a los obispos", añaden las mismas fuentes. ¿Y Benedicto XVI? "Este tipo de reformas son lentas, y él era consciente de que su pontificado iba a ser breve. Además, probablemente llegara a la conclusión de que un hombre como él, más reflexivo que de acción, quizá no era el adecuado para emprenderlas".

Así, el puñetazo en la mesa que ha supuesto la renuncia papal sitúa al cónclave que se avecina en la necesidad de abrir la puerta a la operación limpieza y a las reformas, que deberá afrontar un papa más joven y fuerte --"con más vigor", en palabras del propio Ratzinger--, carismático y con más tiempo por delante.

Eso no quiere decir, sin embargo, que la Iglesia vaya a retomar la senda de apertura, pluralismo y acercamiento a la sociedad y a sus transformaciones que esbozó el Vaticano II. Huelga decir que a Ratzinger y a su

pontificado se les puede calificar casi de cualquier cosa antes que de progresistas. De los 118 cardenales electores en el momento de su renuncia (reducidos por varias circunstancias a 114 en el cónclave), 67 fueron nombrados por él, y de ellos "más de 50 son muy claramente conservadores", explican fuentes vaticanas; al resto los eligió Juan Pablo II.

 

FUERTES TENSIONES El aperturismo carece hoy además de una figura con el peso que tuviera el cardenal Carlo Maria Martini, fallecido el pasado agosto. Martini fue uno de los grandes protagonistas del cónclave anterior y su papel fue decisivo para la elección de Ratzinger, aunque luego este no cumpliera con las expectativas creadas --y, se dice, pactadas--.

Este cónclave no va a ser, pues, un pulso entre conservadores y aperturistas, sino más bien entre los conservadores reformistas y los conservadores inmovilistas; entre aquellos que perciben que hay cambios que son ineludibles y los que "tienen mucho miedo a perder el férreo control que la curia ejerce sobre la Iglesia", según fuentes diplomáticas que auguran "fuertes tensiones". "Va a ser un cónclave complejo. En el anterior, la de Ratzinger era una candidatura indiscutible, pero en este no la hay", añaden.

 

MOMENTO DE LIBERTAD El cónclave empezará a cocerse en estos días previos en las denominadas congregaciones generales, los encuentros de los 209 cardenales --los electores y los que no lo son por ser mayores de 80 años--, que para empezar deben fijar su fecha de inicio. Los preside y organiza el decano del colegio cardenalicio, Angelo Sodano --que por edad no estará en el cónclave--, mientras que los expertos que presentarán los informes sobre la situación de la Iglesia que deben orientar a los cardenales los elige el secretario de Estado, Tarsicio Bertone. Dos figuras clave de este papado --más pragmático el primero, más ligado a la curia el segundo-- que tratarán denodadamente de mantener su influencia. No está claro que lo logren.

Será en esas reuniones --y en las privadas-- donde irán madurando las posiciones. "La sede vacante es un momento de enorme libertad, en que los cardenales se manifiestan sobre cómo creen que debe ser la Iglesia del futuro", apuntan dichas fuentes, que consideran que el cónclave, pese a lo complicado de la situación, "deberá ser breve, de dos o tres días". Lo contrario "daría una imagen de división y enfrentamiento que lastraría al nuevo pontífice".

En todo caso, si el próximo papa es un conservador reformista, "habrá que ver si tiene la autoridad suficiente para imponerse a la curia. El número de votaciones necesarias para elegirle será indicativo de ello", concluyen.

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