El hallazgo de una camiseta que supuestamente pertenecía a Gabriel Cruz se convirtió en el punto de inflexión de la investigación por el crimen del pequeño. Ana Julia Quezada quiso desviar las sospechas y centrarlas en una expareja con la que había terminado mal, pero cometió un error que a la postre se demostró garrafal porque dejó entrever una serie de contradicciones que acabaron situando el foco sobre ella. Así lo desvelaron ayer varios de los jefes policiales que participaron en la investigación, y que fueron tajantes al desmontar la versión victimista de la acusada. «En ningún momento de los 13 días que duró la búsqueda mostró arrepentimiento, y ocasiones tuvo», sentenció uno de esos mandos, mientras otro recordó una de las frases que le escucharon decir: «Tranquila, Ana, que a la cárcel no vas a ir».

Los testimonios de la tercera sesión del juicio permitieron poner en pie la investigación policial que se desarrolló entre el 27 de febrero y el 11 de marzo del 2018 para localizar al pequeño de ocho años. «Se buscaba a un niño vivo», dijeron, y se revisó su entorno más íntimo. Los agentes narraron la desolación de la madre, Patricia Ramírez, ese primer día, y cómo los primeros pasos se encaminaron hacia el hombre que la acosaba. Pero también cómo, ante el abatimiento del padre, Ángel Cruz, su pareja y acusada de la muerte del niño se arrogó la capacidad de representarle. Costó separarla incluso en la primera entrevista policial. Ana Julia estaba siempre pendiente de él, atendía su teléfono y era quien hablaba con los agentes que hacían de enlace con la familia.

«Preguntaba acerca de los nuevos datos y por dónde iba la investigación», recordó uno de los agentes, una posición que le permitió conocer las pesquisas e intentar adelantarse o contaminarlas. Los mandos subrayaron el interés de Ana Julia en buscar al niño por el paraje donde residía su anterior pareja, y cómo sugirió que la suya era esa furgoneta blanca que algunos vecinos dijeron ver en Las Hortichuelas el día de la desaparición. O incluso la contundencia con la que aseguró a su entorno que ese hombre «odiaba a los niños a muerte». «Intentó dirigir la investigación contra él», lo que supuso un desgaste de tiempo, dinero y esfuerzo policial.

Ese afán de culpar a su expareja resultó incriminatorio. Aunque no dio muchos detalles sobre la camiseta que encontró el tercer día «porque decía estar nerviosa», la abuela no reconoció la prenda, negando que ella le hubiera vestido. Y la madre cuestionó que pudiera oler al niño, por lo que transmitió sus dudas a los agentes. Les trasladó además su extrañeza por «la mala cara» que adoptó la acusada cuando la familia rechazó incrementar la recompensa de 10.000 euros ofrecida al inicio.