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Domingos de caza

Fundación Miguel Delibes

 

SALVADOR CALVO MUÑOZ

Escritor

29/10/2016

Así fue que picamos espuelas y nos pusimos de Antequera para allá, es decir, que pasamos esas montañas feraces donde habitó el bandolerismo romántico y llegamos a la ciudad de la luz, como la llamó Jorge Guillén: Málaga. El río Guadalmina sigue tan seco como la mojama, y ahí, en la Tribuna de los Pobres, el hotel. Al poco, Eduardo Coca Vita, colega de Trofeo, Mario Vargas, de la Universidad malacitana, Javier Ortega, gerente de la fundación, y un buen número de miembros de la familia Delibes: Miguel y señora, Miguel nieto, Ángeles y marido, la señora de Germán, que estaba en Cáceres, Elisa, Juan y señora. Al anochecer caminamos por el centro, Larios y todo eso, y pegamos la hebra en la mesa de un local muy agradable.

A la mañana siguiente, primera, Jornada de Caza, Pesca y Naturaleza de la Fundación Miguel Delibes. Todos al aula María Zambrano. El primero en disertar fue Mario Vargas, que hay que ver lo que sabe el tío de tierras y perdices; un cafelito por aquí o por allá y Eduardo Coca nos contó dimes y diretes de la perdiz en la Historia, en la Literatura, en el plato, la cocina y en el ideario del cazador ibérico.

A las 12.30 horas, un servidor se subió a la palastre y les contó lo que sabe de perdices en la obra de nuestro patrón referente: nuestro querido novelista vallisoletano, que tantos ratos magníficos de lectura nos ha hecho pasar y tanto ha significado en nuestra vida.

Comimos en la Facultad de Derecho, invitados por los organismos rectores de la Universidad de Málaga y luego, Beatriz Arroyo demostró con creces que sabe latín respecto a la gestión cinegética en pro de la conservación de nuestra pobrecita alectoris rufa que, si Dios no lo remedia, será vilmente eliminada del mapa de las tierras hispanas.

Lo que decía el maestro: Acabaremos saliendo al campo a cazar gallinas. Bien, luego mesa redonda en la que participamos todos los ponentes, y hasta aquí llegamos. Nos despedimos cordialmente de la familia Delibes, con la promesa de encontrarnos, si Dios quiere, el próximo verano en Molledo, allá en Santander, cuando ellos lleguen, en bici, desde Sedano.

Y les dedico este domingo mi caza «a mis amigos cazadores que, por descontado, no son gentecilla de poco más o menos, de los de leguis charolados y sarasqueta repetidora, sino que con arma, perro y bota componen una pieza, etc». Y por supuesto a la Fundación Miguel Delibes, con cordialísima e imperecedera gratitud. H