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Un mal Moneo

Una década después de su inauguración, la residencia del embajador de España en Washington se encuentra "en estado de ruina funcional". Tras años de frustraciones y diálogo infructuoso, el Estado reclama al navarro, premio Pritzker y diseñador del museo romano de Mérida, dos millones en concepto de indemnización

 

POR RICARDO MIR DE FRANCIA
08/11/2013

TEtstaba llamada a ser un emblema de la modernidad de España, pero ha acabado pareciéndose más a un símbolo de su deprimente realidad. Una década después de ser inaugurada, la residencia del embajador en Washington se encuentra "en estado de ruina funcional". Así lo describe el Ministerio de Exteriores en el expediente de reclamación contractual que ha presentado contra el arquitecto Rafael Moneo, al que reclama dos millones de euros en concepto de indemnización. Tanto para el maestro navarro como para la diplomacia española esta casa ha sido una fuente permanente de frustraciones y desencuentros. Una historia para olvidar.

Para la mayoría de la decena de fuentes consultadas, esta es una historia desagradable o difícil de contar. Ya sea porque se remonta como mínimo a 1999, cuando empezaron las obras de la residencia, o porque el procedimiento abierto por Exteriores contra el arquitecto español de mayor proyección internacional podría acabar en los tribunales. Moneo (Tudela, Navarra, 1937) no acepta la indemnización que le exige el Estado, y aunque preferiría resolver el asunto amistosamente, está dispuesto a pasar por el juzgado. "Para mí sería muy doloroso si tuviera que resolver esto un juez, pero creo que he hecho un buen trabajo profesional en una parcela bien complicada", afirma al otro lado del teléfono.

Roturas, goteras, grietas...

Esencialmente es la palabra de uno contra el otro. El arquitecto responsabiliza al constructor de los problemas del edificio. El constructor, al arquitecto. Y Exteriores, a los dos. Lo que es un hecho es que menos de una década después de que José María Aznar inaugurara la residencia, en enero del 2004, el edificio está hecho una calamidad.

El ojo virgen, de visita rápida, quizás no se daría cuenta, pero el ladrillo de la fachada se deshace y el adoquín de las terrazas y las aceras se está desintegrando. Hay goteras en el garaje y en alguna de las habitaciones. Hay problemas de drenaje y de saneamiento de aguas. O grietas en los muros exteriores. Buena parte de los problemas se derivan de los materiales utilizados, traídos desde España por decisión de Moneo, que resultaron totalmente inadecuados para el clima de Washington.

Todo esto ha hecho que el edificio se convierta en un escaparate embarazoso para la diplomacia española. El actual embajador, Ramón Gil Casares, ha dicho en alguna ocasión que la residencia no está presentable para invitar a los norteamericanos. Y su predecesor, Jorge Dezcallar, declinó varias solicitudes de revistas de arquitectura para fotografiarla. Nadie llega a entender cómo Moneo se ha negado a asumir un céntimo de las reparaciones tras años de diálogo infructuoso. "Lo que más me cabrea es la irresponsabilidad social del arquitecto, que se ha lavado las manos", dice una fuente diplomática.

Un terreno maldito

Según los peritos del ministerio, el coste de la rehabilitación ascendería a 3,8 millones de dólares, buena parte de los cuales debería pagarlos Moneo. "Yo soy consciente de las deficiencias que tiene la residencia y soy el más interesado en que el asunto se resuelva", dice el Premio Pritzker, el equivalente al Nobel de arquitectura. "Pero lo que pide el ministerio me parece excesivo. Creo que por menos de la mitad podría resolverse".

Esta historia empieza en los años del crack , cuando Washington era una de las capitales del delito de EEUU. El barrio de la antigua residencia, un palacete ecléctico construido en 1922 en el corredor de las embajadas, se había vuelto peligroso y optaron por hacer las maletas. En 1989, el embajador Julián Santamaría compró la parcela de la nueva residencia por 3,6 millones de dólares en Foxhall Road, una carretera flanqueada por mansiones y sedes diplomáticas rodeadas de bosque. Pero a su sucesor, Jaime de Ojeda, no le gustó la hectárea adquirida de terreno empinado y la mantuvo baldía hasta que el distrito de Columbia exigió a España los impuestos correspondientes.

Aquello puso en marcha el proyecto, que se adjudicó a Moneo en 1996 como parte de una estrategia del ministerio de Abel Matutes para promocionar la imagen de España asignando las nuevas legaciones a arquitectos españoles de renombre. Por recomendación del padre del Kursaal de San Sebastián y, en Barcelona, de L'Illa Diagonal y

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