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La búsqueda de un futuro mejor

Menores migrantes intentan llegar a la península abordando buques

Los jóvenes magrebís tratan también de entrar en estampida en barcos en Ceuta, Melilla y Nador . Los adolescentes han sido sorprendidos saltando desde el muelle y escalando las sogas de amarre

 

Secuencia de imágenes que pertenecen a un vídeo en el que se ve a un menor cogiendo carrerilla y tratando de llegar, sin éxito, hasta un ferry que abandonaba el puerto. - EL PERIÓDICO

Secuencia de imágenes que pertenecen a un vídeo en el que se ve a un menor cogiendo carrerilla y tratando de llegar, sin éxito, hasta un ferry que abandonaba el puerto. - EL PERIÓDICO

JUAN JOSÉ FERNÁNDEZ
03/02/2019

Los inmigrantes africanos que saltan las vallas de Melilla o de Ceuta también han de saltar después el mar hasta Europa, o al menos hasta un barco que les cambie de continente. Y en ese salto no hay concertinas, pero sí peligros aún mayores.

Menores extranjeros varones no acompañados (los menas) intentan abordar los cargueros y ferris que viajan a la península y a las ciudades españolas del norte de África o sus proximidades, con frecuencia poniendo en grave riesgo sus vidas. En los últimos dos años se han hecho frecuentes estos saltos, según fuentes del sector náutico andaluz.

Ahora, han salido a la luz unos vídeos protagonizados por inmigrantes magrebís que no han cumplido aún los 18 años. Ellos son mayoría en los abordajes a los ferris de Balearia y Trasmediterránea (esta última ahora integrada en Naviera Armas) que cruzan el Estrecho de Gibraltar y el mar de Alborán.

El método más espectacular es también el más peligroso. Consiste en esperar a que el buque haga las maniobras de desatraque para zarpar, coger carrerilla, correr con todas las fuerzas y saltar desde el muelle hasta un costado intentando quedar agarrado a algún gancho, saliente u oquedad.

Con frecuencia el asaltante cae al agua noqueado, o simplemente no sabe nadar, o queda a merced del movimiento del barco sin que a bordo se perciba su presencia.

Si consigue engancharse, el inmigrante intentará esconderse en unos huecos sobre las hélices, o en estrías que lleva el portalón trasero del ferry, según explican las mismas fuentes. En el caso de la línea Melilla-Almería son ocho horas, muchas veces de mar movido. «Es muy difícil sostenerse así todo el viaje. Yo creo que la mayoría cae al agua», sospecha el capitán de un barco de transporte de pasajeros que suele hacer esa ruta.

Las imágenes del salto que abren este reportaje están tomadas desde la borda de un buque de Balearia el 28 de noviembre del 2017 en el puerto marroquí de Beni Enzar, que comparte ensenada con el de Melilla. El saltador se dañó la mandíbula con el golpe.

RIESGOS EN VANO / Algunos chicos saltan con la falsa creencia de que, si ponen pie en un barco español, ya habrán entrado en territorio de España. Pero los que son sorprendidos en el barco, al llegar a la península son retenidos por la tripulación a la espera de que lleguen las Fuerzas de Seguridad del Estado. «Y sistemáticamente nos los devuelven para que los dejemos en el punto de origen», lamenta la misma fuente. Últimamente, los menores se lo saben, e intentan no llegar a tierra estando a bordo. Al amanecer y tras una noche agotadora, cuando están ya cerca de Almería, ciudad de destino de las líneas de Melilla y Nador, saltan al agua para intentar alcanzar a nado la playa de El Zapillo, que se extiende a la vista cuando el ferry gira para dirigirse a la bocana del puerto.

Hay otro método, ya en territorio español, que intentan los menas con cierta frecuencia: subir por las estachas (sogas de amarre a tierra) e intentar colarse por la borda en alguna hora en la que crean que afloja la vigilancia.

Nuevamente el peligro es mortal, porque la borda de los ferris tiene varios pisos de altura. A menudo caen entre el barco y el muelle, o se golpean con los norais de hierro o con el borde de cemento del muelle.

El vídeo que ilustra este método se grabó en febrero del 2018 en el puerto de Melilla, a la sombra del buque Sorolla, de Trasmediterránea, y en él se ve una interceptación a cargo de la Guardia Civil. «Antes, cuando atracábamos, se ponían coches con guardias civiles a proa y a popa en el puerto para evitar esto -relata un tripulante veterano de las líneas entre África y la península-, pero ya no. Se ve que les faltan efectivos».

Los capitanes de los ferries se ven obligados a destinar personal a vigilar las estachas para que los menas no se suban. Pero, con la tripulación tan ajustada en las navieras, esa vigilancia no siempre puede ser continua.

El tercer método, el menos usual, es intentar colarse en el aparcamiento del ferry en avalancha, saltando previamente la alambrada que cierra el puerto e intentando burlar a la Guardia Civil por el sistema de correr en todas direcciones. De nuevo son adolescentes los que ponen en práctica este intento de llegar a Europa. Saben que solo unos pocos, quizá uno o ninguno, conseguirán entrar y esconderse en el buque, en este caso el Fortuny, de Trasmediterránea. El vídeo se grabó poco después de las campanadas de la pasada Nochevieja en los aledaños del puerto de Melilla. Los chicos inmigrantes intentaron aprovechar ese momento de la fiesta del fin de año y entrar en un ferry que tenía hora marcada para zarpar a las 00:30 con destino a Málaga.

esperando una oportunidad / Pero la tripulación del buque los vio llegar y cerró el portalón de popa. Varias decenas de menas corrieron por el puerto y las calles aledañas, hasta el caso viejo de la ciudad, esperando a que se volviera a abrir. El buque partió con retraso. «En una ocasión se colaron quince. Hubo que echarlos», relata lacónicamente el tripulante. Jóvenes desesperados, algunos alojados en el CETI (Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes) de Melilla, rondan el puerto a la espera de una oportunidad que les cambie la vida.

La acción policial se ha intensificado en la zona recientemente y ahora se ven menos. Al atardecer, enfrente del CETI y cerca del paso fronterizo de Mari Guari, adolescentes africanos de diversas procedencias se juntan en pequeños grupos para encender una hoguera, charlar, algunos incluso beber o drogarse, mientras preparan nuevos intentos de pasar a la península, si no es en abordaje, en los bajos de algún camión.

La vigilancia policial se incrementó después de una oleada de atracos en los alrededores del puerto. En verano, un grupo indómito de jóvenes, que dormía en un cercano acantilado, acechaban a los paseantes agazapándose entre los coches aparcados. Si la víctima era fácil de atacar, le salían al paso armados con pedazos de cristal roto. Intentaban hacerse con fondos para su próximo paso.

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